Opinión

Yo acuso. Devastación y complicidad

Algún día se escribirá la historia de esta devastación. Y podrán juzgarse las acciones de sus perpetradores –las fuerzas armadas, en primer lugar, pero también la clase política, académica y empresarial que ha dirigido, participado y tolerado el saqueo–; las víctimas –un pueblo hundido en la peor crisis humanitaria de su historia–; y los espectadores –una comunidad internacional que, salvo casos ejemplares, como los del secretario general de la OEA, Luis Almagro, y algunos vicepresidentes que alzaron sus voces contra la tiranía, se ha negado a intervenir abiertamente para desalojar al régimen y contribuir al restablecimiento de la institucionalidad democrática en Venezuela–. Será una historia sórdida y dolorosa. Deberá ser escrita.

“El «cómo» de los acontecimientos es una forma de aprender a conocer a los perpetradores, a las víctimas, a los espectadores”.

Raul Hilberg, La destrucción de los judíos de Europa.

Una de las enseñanzas más dolorosas que dejan las vivencias de una dictadura es que ellas serían imposibles sin la tolerancia, la complicidad, la colaboración e incluso la connivencia consciente o inconsciente, voluntaria o involuntaria de víctimas y victimarios, de oprimidos y opresores. Fue el primer impacto que me causó el golpe de Estado de las fuerzas armadas y la oposición civil de los chilenos durante los atroces sucesos del 11 de septiembre de 1973, con el bombardeo al palacio presidencial, el suicidio de Salvador Allende, la brutal represión sobre los sectores populares y la implacable persecución, encarcelamiento y fusilamiento de sus adherentes durante los meses y años inmediatos a esos trágicos sucesos. Ante una mayoría nacional de espectadores. Utilizo la clasificación del acucioso investigador de la tragedia del Holocausto, Raul Hilberg, sobre los protagonistas del hecho más bochornoso de la historia de la modernidad, divididos en perpetradores los nazis y la sociedad alemana en su conjunto , las víctimas los judíos europeos y los espectadores la comunidad internacional.[1]

Oculto en mi lugar de trabajo, un centro de investigación social de la Universidad de Chile, enclavado en una avenida próxima a un importante regimiento de infantería, el Buin, desde el cual podían escucharse los disparos de la fusilería asesinando izquierdistas, pudimos contemplar las banderas chilenas que izaba el vecindario en respaldo al crimen que se estaba cometiendo. No eran sectores de clase media alta: era el de la avenida República un clásico reducto de la clase media de funcionarios, empleados públicos y particulares, incluso pobres, que formaban parte de ese aproximadamente 60% de chilenos que celebraron la caída del gobierno de la Unidad Popular y la instauración de una junta de gobierno de los cuatro componentes de las Fuerzas Armadas al frente de una dictadura que se anunciaba feroz e implacable, ante el consenso de la mayoría ciudadana de un país que hasta entonces había sido ejemplarmente democrático.

Fueron los dos aspectos que más me conmovieron: el silencio y la aparente apatía de los sectores populares que hasta el día anterior al golpe se habían manifestado favorables al gobierno de Allende, comprensible dada la compacta brutalidad con la que la Junta le había declarado la guerra a muerte a las izquierdas y el riesgo inminente de perder la vida, como la perdieran los miles de izquierdistas, militantes o no, que tuvieran el infortunio de caer en manos de las fuerzas armadas. Pero tampoco hubo grandes expresiones de protesta y rechazo popular y masivo durante los diecisiete años de dictadura. Ella sucumbió bajo su propia dinámica, una vez cumplidos sus objetivos y logradas las metas a las que aspiraban los sectores empresariales, económicos, políticos y sociales que la respaldaran. Incluida la entonces poderosa Democracia Cristiana, que de respaldar nacional e internacionalmente el golpe de Estado, pasaría posteriormente a encabezar la oposición política y presidir los dos primeros gobiernos de la transición democrática en las notables figuras de Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz Tagle. Innegable el sesgo institucionalista que tuvieron tanto el golpe, como el ejercicio dictatorial mismo. Innegable su salida de la escena en los términos de esa misma institucionalidad. En dicho sentido, la historia de estos hechos ha sido inmanente y consustancial al marco republicano chileno, el que jamás estuvo bajo cuestionamiento, sino, muy por el contrario, constituyó la obligada referencia de la vida civil y militar chilena. Por más grave que haya sido la crisis desatada a partir de la victoria de Salvador Allende y su derrocamiento por la dictadura militar, según los historiadores chilenos la más grave vivida por Chile en el siglo y medio de historia independiente, la naturaleza republicana de la sociedad y el Estado chilenos jamás sería puesta en cuestión. Es una de las fundamentales diferencias de dicha dictadura con la dictadura venezolana: la república jamás estuvo en cuestión ni muchísimo menos su devastación. La actual prosperidad de que hoy gozan los chilenos se asienta sobre la obra constructiva y modernizadora de la dictadura militar.

Tampoco las dictaduras militares de Argentina, Uruguay y Brasil, que sumieran a sus países por esos mismos años bajo la más feroz represión vivida en sus vidas, cuestionaron su esencia republicana. Solo Cuba, y ahora Venezuela, han descendido al nivel de la automutilación histórica que la primera sufre desde hace sesenta años y Venezuela desde la entronización del castro chavismo imperante, particularmente desde los luctuosos sucesos de abril de 2002, cuando la República pasara al control de la tiranía cubana. Proceso consumado bajo las órdenes de los hermanos Castro a la muerte de Hugo Chávez y la entronización de su hombre en Caracas, Nicolás Maduro.

¿Es posible dicha consumación sin la tolerancia, la connivencia y la claudicación de las élites políticas, empresariales, académicas y mediáticas que llevan el control de las acciones opositoras del pueblo venezolano contra los desastres causados por la dictadura dominante? Estamos en medio de los sucesos, en la vorágine de una devastación cuyas causas y efectos aún nos son desconocidos, pero de cuyas dimensiones podemos tener exacta cuenta por sus terroríficas consecuencias. A pesar de que el balance de la devastación sigue pendiente, lo cierto y verdadero es que la inflación, el desabastecimiento, el hambre y la miseria son los resultados más evidentes: Venezuela sufre uno de los procesos inflacionarios más desorbitantes del planeta, la mortandad por desnutrición y enfermedades ya extinguidas aumenta a pasos agigantados, las penurias que sufre la población, particularmente sus sectores mayoritarios y más desvalidos, son terribles y sus perspectivas de empeoramiento son signos distintivos de la actual situación. Ante lo cual cabe la pregunta que motiva este artículo: ¿tienen conciencia plena los venezolanos de la crisis humanitaria que están viviendo? Y otra mucho más dramática y urgente: ¿actúan los venezolanos, particularmente los sectores que dicen representarlos políticamente y se manifiestan dispuestos a dialogar con los asesinos, sin importar las condiciones,  plena conciencia de la tragedia? ¿Actúan en concordancia? ¿O su parsimonia y apatía, peor aún: su disposición a continuar dialogando con un régimen que ha irrespetados todas las negociaciones y conversatorios hasta ahora sostenidos manifiesta el cumplimiento de la norma ya señalada, según la cual también esta dictadura cuenta con el soterrado o abierto respaldo de sus víctimas propiciatorias?

Algún día se investigará, se analizará y se pondrá a la luz la historia de esta devastación. Y podrán juzgarse las acciones de sus perpetradores las fuerzas armadas, en primer lugar, pero también la clase política, académica y empresarial que ha participado del saqueo; las víctimas un pueblo hundido en la peor crisis humanitaria de su historia; y los espectadores una comunidad internacional que, salvo casos ejemplares, como los del secretario general de la OEA, Luis Almagro, y algunos vicepresidentes que alzaron sus voces contra la tiranía, se ha negado a intervenir abiertamente para desalojar al régimen y contribuir al restablecimiento de la institucionalidad democrática en Venezuela. Será una historia sórdida y dolorosa. Deberá ser escrita.

[1] Raul Hilberg, La destrucción de los judíos europeos, Akal, 2006.