Opinión

Acerca de la sociedad decente

Ignacio Ávalos

Termino de leer un libro que llegó a mis manos gracias a un trueque.  Di a cambio una novela que traía muy buenas referencias, pero que, luego de leerla, me dejó la sensación de haber perdido el tiempo. Todo lo contrario me resultó La sociedad decente, el libro que adquirí mediante el cambalache, escrito hace casi veinte años por el filósofo Avishai Margalit, un autor con el que topaba por primera vez.

Dicho en pocas palabras, el texto señala que la sociedad decente es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas. Aquella, dice el autor, que combate las condiciones que justifican que quienes forman parte de ella se consideren humillados. O, como escribió recientemente Fernando Savater, aquella cuyas instituciones no lesionan el respeto que los ciudadanos se tienen a sí mismos ni excluyen a ninguna minoría moralmente legítima. La humillación es, pues, el robo de la condición humana. Así las cosas, el fin último de la política, escribe Margalit, es combatir la humillación, esto es, la degradación, el desprecio, el no-reconocimiento, en suma, exclusión de la comunidad humana.

Desde el libro que vengo comentando trato de entender a la Venezuela de estos días. Miro alrededor y observo varias cosas que le están dando forma a este país que ahora somos y que tiene en el carnet de la patria una terrible y dolorosa expresión de control institucional y que Margalit calificaría, sin duda, como un instrumento, por desgracia no el único entre nosotros, de humillación a los ciudadanos. Cabe añadir, así, que, como lo ha diagnosticado para diferentes latitudes y épocas el psicólogo Martin Seligman, podría asomar una situación  de “indefensión aprendida”, en la que las personas empiecen a creer que no tienen ningún control sobre las condiciones que las perjudican, inhibiendo su voluntad para modificarlas.

Harina de otro costal

Después de andar sin brújula por la Facultad de Derecho, a lo largo de casi tres años, un ataque de sensatez me llevó a la bendita decisión de cambiar de carrera. Me fui, pues, hacia los predios de la Facultad de Economía para estudiar en la Escuela de Sociología. Desde entonces, una vez graduado, me he dedicado a un oficio que si bien no me he enriquecido, me ha permitido atravesar la vida de manera interesante y agradable.

En este sentido, y a propósito de la reciente celebración del Día del Profesor, debo decir que entre mis actividades profesionales me ha tocado dar clases en la UCV, cada lunes, durante unos cuantos años. No sé si tenga en mi vida un mayor privilegio. Ni cosa más entretenida y placentera –¿jugar fútbol tal vez?–, a pesar del menú de medidas y anuncios del gobierno nacional orientados a entrabar el funcionamiento de las universidades autónomas y deteriorar las condiciones en las que se llevan a cabo sus diversas actividades, entre ellas las de docencia.