Opinión

La sociedad venezolana, con la llegada a la presidencia de la república de Hugo Chávez y, con él, la instauración de la revolución, ha perdido el concepto de libertad. Se optó por elegir a un golpista, a un justiciero, que a través de su verbo encendido vendió mentiras como verdades, como la que expresó en noviembre de 1998, unos días antes de ganar las elecciones en diciembre de ese año: “Cuando entregue el gobierno en 2003 no habrá pobreza”, otra patraña salió de sus labios unos años después, el 4 de octubre de 2012, antes del proceso electoral a celebrarse ese mismo mes: “…si ganamos no habrá desempleo en 2019… ya no hay hambre en Venezuela”.

Nos engañó diciendo que nos emanciparía de un supuesto yugo imperialista, pero nos aplastó bajo la égida de una gerontocracia, encabezada por unos dinosaurios como los hermanos Fidel y Raúl Castro, al mismo tiempo, doblegó a la colectividad a estar subordinada al poder militar.

A diestra y siniestra se pregonaba que ahora Venezuela era una nación libre, un país potencia, pero ¿de quienes nos liberaron? Esa charlatanería de la dominación gringa es pura paja para mantener cohesionado a sus adeptos que aún creen que la Unión Soviética existe y que el Muro de Berlín sigue separando Alemania en dos, pero no se ponen a pensar que gracias a Estados Unidos y la compra de nuestro petróleo en efectivo, dólares contantes y sonantes, se puede sostener aún este parapeto que llaman bolivarianismo.

Desde hace 19 años, poco a poco, se han ido cerrando todos los accesos de autonomía; el venezolano de hoy no tiene derechos, solo obligaciones, en pro de avalar un sistema que día a día nos aísla más de la realidad mundial.

No podemos disponer de nuestro dinero, porque acceder a los dólares es un delito; se le suma también la insuficiencia de efectivo, debido a la hiperinflación. No tenemos acceso a los alimentos que queremos, porque el gobierno con sus controles ha provocado la más grande escasez en la historia republicana, y las colas en los comercios no son para desestabilizar, es desesperación. Crearon todas las barreras posibles solo para joder al venezolano, pasando por el sistema biométrico de abastecimiento, terminando con las bolsas de comida, todo con la finalidad de racionar mejor la miseria.

No podemos adquirir cocinas, lavadoras o neveras, menos un carro o comprar unos zapatos decentes, porque no hay y los que existen tienen precios prohibitivos, gracias a la alta tasa inflacionaria que pronto llegará a seis dígitos.

No poseemos la libertad para desplazarnos por donde queramos y cuando queramos, tenemos horas determinadas y lugares específicos para movernos, a pesar de la campaña realizada hace unos años para la cual crearon a un personaje, Cheverito, para mostrar una realidad más cercana a Narnia que a la venezolana, donde la inseguridad nos obliga a mantenernos encarcelados en nuestras casas por miedo a ser robados o, en el peor de los casos, asesinados.

No podemos acceder a un buen sistema de salud porque los hospitales carecen de insumos, con graves problemas en su infraestructura, además, la falta de personal, ya que nuestros médicos han optado por huir de esta realidad; se le suma ahora las protestas de las enfermeras, que reclaman salarios dignos, ya que no les alcanza ni para comprar medio cartón de huevos, porque ganan menos de un dólar al mes.

Nuestro sistema de comunicaciones, tanto la telefonía móvil como la terrestre, han retrocedido a la edad de piedra, donde una simple llamada se convierte en una odisea, y si es internacional, eliminaron el discado directo, debemos marcar el 122, como en los años sesenta, esperar que nos atienda un operador, para poder realizarla. Y donde dejamos el Internet con nuestro rancho de banda que no da ni para leer texto y menos ver algún video o realizar conexiones, se nos va la paciencia y la vida.

¿Y la agricultura? Comenzaron a mentir de forma reiterada, a través del sistema nacional de medios públicos, una supuesta soberanía alimentaria, pero importando casi todo lo que consumíamos. Inventaron los fundos zamoranos, los cultivos organopónicos, que había que sembrar en los balcones de los apartamentos, estructurar gallineros verticales, criar chivos en la casa, en fin, cualquier estupidez que justificara su inoperancia, que destruyó el campo venezolano a través de la expropiación, nacionalización, robo y saqueo de los diferentes sistemas productivos agrícolas y pecuarios de la nación.

No hay que dejar a un lado al sistema educativo, que se ha convertido en el brazo ejecutor del aparato ideologizador del Estado, que viola flagrantemente el artículo 102 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, presentando una historia mutilada y manipulada que exalta el militarismo, abusando de la figura del Libertador Simón Bolívar, donde los niños y jóvenes no tienen acceso a un sistema pedagógico de calidad. Se le suma, además, la deserción del personal docente, afectando de esta manera el aprendizaje de los estudiantes, y los pocos que logran culminar, son analfabetas funcionales.

No podemos protestar lo que nos parece que está mal, porque somos perseguidos, arrestados y encarcelados, para ser acusados de instigadores, de rebelión o cualquier idiotez inventada para controlar a través del miedo a la sociedad. Ahora el problema de Venezuela es el silencio, donde vivimos en un raro estado de paciencia, de tolerancia, ya que el socialismo quiere que estemos un paso detrás de la esperanza.

Todos son obstáculos que merman nuestro derecho de hacer, actuar y pensar como queramos, apegados a la ley, sin violencia, no a caprichos politiqueros, de adoración a muertos y de dominio a través del terrorismo preventivo, ya que las intenciones y el pensamiento es criminalizado en esta coyuntura política, por ende, la libertad, en este momento en Venezuela, es una quimera.