Opinión

La tragedia del Panda en Boston

La historia de Pablo Sandoval en Boston comenzó mal, desde el mismo momento en que su ruptura con San Francisco tuvo motivos personales

En la bahía vivió los mismos altos y bajos, los mismos problemas de sobrepeso que, recurrentemente, aparecían cada cierto tiempo. Los Gigantes trataron su caso con la paciencia con que los padres perdonamos los tropiezos de nuestros hijos. Después de todo, el Panda era una de las caras pintorescas de la franquicia, una pieza de mercadotecnia que deparaba tanto dinero a las arcas de la divisa como dolores de cabeza al manager Bruce Bochy.

Allí parecían tener la medida para moderar sus excesos. Vio la Serie Mundial de 2010 desde la banca, a pesar de haber puesto números brillantes en campañas previas, y ocupó el sitial más alto en la organización cuando decidió declararse agente libre, a finales de 2014, justo después de ser proclamado Jugador Más Valioso de su tercer Clásico de Octubre.

Probablemente se cansó. Aunque la oferta de los Medias Rojas era semejante a la de su ex equipo, prefirió irse a la costa este, dando varias versiones que justificaban su decisión: que su sueño infantil era ponerse el uniforme de los patirrojos, que no se sintió bien tratado por el alto mando de los colosos y, finalmente, que no había dejado amigos en aquel clubhouse.

Esta sucesión de despechos coincidió en el Spring Training de 2015 con una recaída en su problema principal: el sobrepeso. Y la dura prensa bostoniana no le dio el trato que solían darle los periodistas al otro lado de los Estados Unidos. En su nuevo elenco no era el producto entrañable de las granjas, sino la muy costosa adquisición en el mercado de agentes libres.

Nunca hizo clic con la gerencia o la afición. Cada nuevo episodio añadía insulto a la herida. Sus números en esa zafra fueron desastrosos, particularmente bateando a la derecha. Se llegó a plantear que dejara de ser ambidiestro. Luego, la decisión por la que perdió la titularidad en 2016, al llegar nuevamente pasado de kilos a los entrenamientos, y el humillante episodio en el que se le rompió el cinturón en un swing, y la lesión que le impidió siquiera dar un hit en esa temporada.

Ya para entonces se sabía que había roto con su hermano Michael, su preparador físico personal y una de las razones por las que pudo brillar en San Francisco, fungiendo como contención a sus excesos.

Parecía que 2017 sería diferente. Trabajó duro en su rehabilitación y el propio Dave Dombrowski, presidente de los Medias Rojas, elogió sus resultados. Pero algo estaba mal. Pese a estar en el camino de regreso, de vez en cuando soltaba una respuesta ríspida ante la impertinencia de los reporteros de la costa este. El slump con el que comenzó la justa y el sobrepeso sellaron su destino.

Así de hastiados estarían en Boston, que prefirieron pagarle 50 millones de dólares por no jugar con ellos. Sin duda, estamos ante uno de los peores contratos en la historia de la centenaria franquicia.

Sandoval es mucho mejor de lo que sus críticos creen. En medio de esta debacle, su OPS ajustado todavía es 115, es decir, 15 por ciento mejor que la media en las Grandes Ligas. Pero es más difícil comenzar de nuevo a los 30 años de edad.

Hace falta, además, una actitud diferente. Y eso parece hoy lo más difícil de lograr.