Opinión

Lo que deja Oscar Prieto

A Oscar Prieto Párraga parece importarle poco lo que piensen de él. Suele hablar de frente, decir lo que cree y no detenerse ante la reacción de sus interlocutores.

Era así desde sus tiempos como copropietario de los Leones del Caracas y muy especialmente desde el momento en que se reafirmó como figura pública, hace más de 20 años, cuando emprendió aquel proyecto radial junto a John Carrillo, llamado Los Eternos Rivales. John era gerente general de los Navegantes del Magallanes así que el programa iba a ser un suceso. Su amplia audiencia le dio mayor fama a sus expresiones cortantes y a menudo antipáticas.

Hasta entonces, sus pocas pulgas no eran un fenómeno de masas. No existía internet en la década de los 90 y el deporte estaba encajonado en espacios limitados, en los pocos medios de comunicación de ese tiempo.

Hoy no hay términos medios. Por sus logros y sus acciones, a Prieto se le estima o detesta. Muchos aficionados ni siquiera le dan el beneficio de la duda.

Tan polémico personaje presidió hasta el lunes la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. No quiso postularse para un tercer período. Lo que tanto entusiasmo le causara en febrero de 2013 ya no le produce ilusión. Y está bien. Toda institución necesita renovarse.

Deja Prieto una sólida obra. Aceptó el reto de tomar el mando de manos del presidente más exitoso de las últimas décadas, José Grasso Vecchio. Profundizó el legado de aquel, al consolidar la independencia económica y comercialización del despacho de El Recreo, dar impulso al proyecto comunicacional en la web, que Grasso estaba iniciando, y mantener el plan de internacionalización y mejora del arbitraje.

Estupendo. Continuar las buenas ideas de otros es una prueba de que las instituciones interesan más que el ego.

Prieto no se limitó a eso. A su administración se debe el empeño de colocar el ciento por ciento de los juegos en televisión y permitir que la LVBP pueda ser vista por suscripción en cualquier parte del mundo. Es cierto que quedaron unos pocos encuentros sin transmitirse. Pero la diferencia respecto a 2013 es abrumadora, y debe ser vista como una razón para festejo de tirios y troyanos. Esa invasión del diamante en la TV local fue su empeño personal.

Se atrevió a tomar riesgos. Por eso fue posible el contrato que entregó los derechos de transmisión a IVC, en un proyecto que llevó a que tantos canales, tantos como nunca antes, tuvieran participación en una misma temporada.

Por asumir riesgos, también adoptó innovaciones propuestas por MLB, como el uso de las repeticiones para ayudar al arbitraje. También en eso mantuvo a nuestra pelota a la cabeza de la región.

Arriesgarse le condujo a experimentar algunos sinsabores, por cierto. Se convirtió en defensor del sistema mexicano por puntos, al ver que era propuesta mayoritaria de los equipos, y resultó una decepción. Fue el lado menos feliz de una administración que, además, debió lidiar con las presiones de una brutal crisis socioeconómica y el primer descenso de la boletería en los últimos tres lustros.

A su empeño se deben el Código de Ética y la Política Antidopaje, dos herramientas que han ayudado a modernizar el espectáculo, normando la relación entre jugadores, árbitros y equipos, cuidando la salud de los atletas y velando por el juego limpio.

También se le debe el reimpulso de ese hermoso proyecto que es el Museo del Beisbol, nacido de la familia Cárdenas Lares. Cuando la LVBP asumió la administración y sostenimiento del pabellón, propuso a Juan José Ávila para conducirlo. No se equivocó.

Tampoco se equivoca al ahora proponer a Ávila como su sucesor en la liga.

Querido y criticado, con defectos y virtudes, sigue siendo sobre todo un hombre de beisbol, que logró dar mayor nivel al pasatiempo nacional, haciendo que el circuito que alguna vez impulsara su padre, y del que siempre se sintió orgulloso, sea, al momento de su despedida, un poco mejor hoy que hace cuatro años. Ese es su legado.

@IgnacioSerrano

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