Opinión

#Opinión Un sacrificio que hoy rinde frutos de libertad

Por: José Ángel Ocanto

“Si mi encarcelamientos sirve para que el pueblo despierte, bien habrá valido la pena”.

Así describió Leopoldo López, la tarde del 18 de febrero de 2014, hace hoy cinco años, su controversial decisión de entregarse a los esbirros del régimen, y ponerse, conforme a sus propias palabras, en manos de “una justicia injusta, corrupta”.

El coordinador nacional de Voluntad Popular no ignoraba, en absoluto, el grave riesgo que asumía al dar ese paso, en la plaza José Martí de Chacaíto, con una abigarrada multitud por testigo.

Según los más ajustados registros, la presencia de Leopoldo en la arena política del país había despertado la inquina de Hugo Chávez, desde hacía más de una década. Ya en el año 2000 incomodaba con particular acritud al amo del poder.

Su carisma, la insobornable firmeza de sus convicciones, la constante agitación de una recurrente desesperanza colectiva, el aliento de un activismo signado por la irreverencia, aunado a la capacidad de convocatoria que desplegaba y encontraba resonante eco de rebeldía en los sectores populares, todo eso lo lleva a erigirse desde entonces en centro de la obsesión oficial.

Es una historia cuyos antecedentes son bien sabidos por los venezolanos, porque sus consecuencias nos han tatuado el alma con toda su carga de dolor. Y, sin lugar a dudas, lo más emocionante e inspirador es que estamos a punto de presenciar su desenlace. El agotamiento de este sombrío ciclo, envilecido por las criminales tropelías de una camarilla de desquiciados.

Porque, ¿quién puede dudar en estos instantes, que “La Salida” pregonada en diciembre de 2013 es precisamente esa esplendorosa luz de esperanza, cierta y definitiva, que hoy al fin se abre de par en par, henchida de promesa, ante nuestros agradecidos ojos?

Atrévase el tirano a asomarse a esta hora al fantasmal balcón de su palacio, para que presencie a una nación que, sin marcha atrás posible, luce cansada hasta el asco de soportar esta orgía de latrocinio, odio, ruina, división, perversidad y muerte.

En los oscuros pliegues de esa insoportable atmósfera de abusos, un puñado de sanguinarios buscó asegurarse perpetuidad en el goce del más grosero y escandaloso botín de privilegios e impunidad, a costa del hambre, del atraso y la negación de oportunidades para una mayoría, hundida en indecible miseria, y relegada a sangre y fuego.

¿Hay, acaso, alguien de buena fe, que a estas alturas sea incapaz de oír el angustioso clamor de un pueblo lacerado, que sale espontáneo, en masa, con sus banderas, por esas calles de Dios, a gritar con intrépido desespero: “!Ya basta!”?, incluso en el seno de los barrios más populosos y de los cerros impenetrables, que hasta ayer nomás eran sus engañados bastiones.

El costo, es verdad, ha sido alto, irreparable en el caso de los compatriotas que han perdido la vida por el ejercicio del derecho a pensar distinto, a disentir, a soñar contrario a como en sus retorcidos delirios sueña el déspota.

También, en cuanto atañe a los millones de venezolanos a quienes han acribillado la miseria, el programado desplome del aparato productivo, el ahogo de las garantías democráticas, el aventón de la diáspora, el vicio de los controles, el drama hospitalario y de la salud en general, la crisis educativa, el estrepitoso colapso de los servicios públicos, la glorificación del delito, la criminalización del progreso, y hasta los desmanes de la inseguridad como arma de parálisis social. En suma, la inmolación del presente y la clausura del futuro.

No obstante, pese a todo ese cuadro dantesco, hoy estamos aquí, de pie, dispuestos a no desmayar en la desembocadura del túnel, cuando basta aguzar un poco los sentidos para abarcar los perfiles de la nueva Venezuela que Leopoldo López divisó en medio de tenebrosa cerrazón; y, justo es anotarlo, por la cual sacrificó su propia libertad, porque para él jamás fueron opción la clandestinidad ni ausentarse del país.

Es un emblemático prisionero de conciencia. El líder peor hostigado por la dictadura. Quizá el preso político más conocido e influyente en la América Latina, cuya causa dio los iniciales y más sólidos pasos para que las alarmas sobre la quiebra democrática de Venezuela se encendieran, aunque con manifiesta morosidad, en un concierto internacional largamente distraído, que apenas se entretenía en contemplar al opresor como a una curiosidad tropical más.

Los recelos de Chávez, primero, y del innombrable, después, tienen su lógica, su explicación. Leopoldo López fue electo alcalde de Chacao, en el año 2000, con 51% de los votos, mientras que gracias al brillo de su gestión, en parte torpedeada por personeros del oficialismo, alcanzó la reelección en 2004, con un soberbio 81% de los sufragios expresados en las urnas. ¿Cómo podía tolerar semejante desplante el difunto Supremo?

De ahí el previsible manotazo dado al tablero. Cuando en 2008, Leopoldo decide competir por la alcaldía de Caracas, desde Miraflores se giró instrucciones a la Contraloría General de la República, para que procediera a inhabilitarlo. Su postulación dominaba con holgura las encuestas. Y un detalle no puede ser soslayado: Chávez venía de ser derrotado en el referéndum del 2 de diciembre de 2007, para la reforma de 69 artículos de la Constitución.

Pero la piedra colocada en el camino no lo aparta de la lucha. Al propio tiempo que los fragores de la protesta toman cuerpo en una sociedad exhausta, incendiariamente polarizada, la emergente figura de Leopoldo López se abre paso, justo cuando hacía falta que alguien desafiara al absolutismo, sin medias tintas. Sin concesiones ni dobleces.

Por eso, al propio tiempo que trabaja en la fragua de una visión-país contrapuesta al desastre en curso, el año 2006 lo sorprende liderando, sobre la marcha, el encauzamiento de un creciente malestar social que no encontraba maneras de expresarse en las urnas electorales, atrofiada y sentenciada a muerte, como estaba, ya, la institución del voto.

El gobierno sube, a renglón seguido, la apuesta de su irracional intolerancia. El 5 de febrero de ese año, 2006, Leopoldo es tomado como rehén en los espacios de la Universidad de Carabobo, a manos de unos 20 hombres armados. Esta vez el mensaje le es dado de una forma directa y salvaje: su guardaespaldas cayó asesinado.

El régimen sembraba muerte, desolación, falsedad. Y la respuesta no podía ser otra que insuflarle Fuerza y Fe a un anhelo de cambio que palpitaba, conforme palpita ahora unánime, con admirable vigor, en el corazón de los venezolanos. Es así cómo, en la misma entidad, el 5 de diciembre de 2009, el Forum de Valencia es escenario de la presentación al país del movimiento Voluntad Popular. Otra razón más para que se desatara la ira de los demonios en el poder, con el acto de señalar en consecuencia a Leopoldo López como un encarecido objetivo a destruir.

La más encarnizada persecución, ni las inhabilitaciones políticas sucesivas, ni los montajes de la descalificación mediática, la oficial tanto como la oficiosa; ni siquiera la cárcel con su amarga secuela de torturas y desgarros, han logrado reducir al preso político más libre de todos los presos, porque su voz es himno que recorre los abiertos senderos de una patria que ha decretado su irrevocable determinación de no volver a ser humillada.

Su inocencia es reconocida hasta por aquellos que vienen de regreso de las cegueras del fanatismo. Y su mensaje, que no sabe de encierros, es pulido, cada amanecer, por el generoso rocío del despertar invocado en una fecha como ésta, hace cinco años, y refrendado, providencialmente, tras la convocatoria formulada en la más auspiciosa de las horas por uno de los pilares de Voluntad Popular, el Presidente interino de todos los venezolanos, Juan Guaidó.

Ha sido un esfuerzo sostenido, duro, a lo largo de muchos años. Nada aquí es obra del azar. Dios está de nuestro lado al cabo de tantas pruebas. El pueblo venezolano ha dado sobradas muestras de dignidad: ha sacudido el polvo de sus banderas, levantándose luego de cada caída. La conjunción del amplio apoyo de la comunidad internacional, la persistente presión de calle y la desmoralización sin remedio de un autócrata aislado, confundido, desnudo de afectos y de solidaridades compradas, hicieron el resto de una tarea que deberá ser consumada.

Prepare usted, líder, las alforjas de su ideario. En uno de los manuscritos suyos filtrados desde la cárcel militar de Ramo Verde, deslizó que una de las fuerzas que lo animan es la seguridad de que volverá a recorrer, uno a uno, cada rincón del país, y a “convocar al pueblo a la construcción de una Venezuela libre, nueva, sin exclusiones, con todos los derechos para todos los venezolanos”. Esa hora ha llegado. Las campanas en templos y hogares anunciarán jubilosas la restauración de la democracia al calor de la ayuda humanitaria que entrará al territorio nacional, “sí o sí”, el 23 de este mes, es decir, en escasos cinco días. Esos redobles marcarán el descalabro de un tirano tan siniestro que, insensible en la ebriedad de lujos y codicias, no soporta ver al pueblo atendido en sus necesidades fundamentales.

54 países reconocen hoy a Guaidó como Presidente legítimo. Llevado de su limpia y bien intencionada mano, el pueblo todo atiende celosamente los dictados de la inequívoca ruta trazada, y recita por doquiera el glorioso cántico que habla del cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. Nada ni nada nos desviará de ese derrotero de salvación. Por eso, tal como está a la vista, más allá de sus cicatrices, honrosas, el sacrificio de nuestro líder ha rendido frutos cargados de libertad y promisión. Valió la pena, ciertamente.