Opinión

No ha muerto la Serie del Caribe

La Serie del Caribe parecía moribunda hace unos años. Todavía un sector importante de la fanaticada en la región la mira de soslayo, buscando sus defectos y resaltando sus carencias.

Es un torneo amenazado por fuerzas exteriores: el inicio ahora más tempranero del Spring Training, las restricciones de las Grandes Ligas, los salarios que hoy cobran las estrellas, que pueden darse el lujo de descansar durante el receso invernal, en lugar de rebuscarse en las ligas caribeñas.

Llegó a ser una competencia aburrida, con un formato anticuado, sin mayor emoción. Al irse en masa los bigleaguers, todo eso quedó al descubierto.

Hay pruebas claras, sin embargo, de que la cita internacional todavía respira. Cada edición celebrada en México, como esta de Culiacán, ha servido para probar el entusiasmo que genera la cita en suelo azteca. Y los estadios en Venezuela también se han llenado, una y otra vez; sucedió en Puerto La Cruz, en 1998; en Caracas, en 2002; en Valencia y Maracay, en 2006; y en Margarita, tanto en 2010 como en 2014.

Son hechos contrastables. Lo dicen la boletería, las tribunas llenas, las gradas con buena asistencia.

La comercialización también es elocuente. Aún hay patrocinadores interesados en invertir su dinero allí. Y la organización, aunque a veces baja de nivel, según el país que la asume, ha mantenido altos estándares cuando se trata de sedes mexicanas y venezolanas.

Este balance no significa que el peligro haya desaparecido. Los cambios han ayudado a que la Serie del Caribe recupere parte de su interés.

El ingreso de Cuba dio un atractivo deportivo, por lo que la isla representa para todos quienes amamos la pelota. Además, ha aumentado el nivel, mostrando jugadores poco conocidos para quienes no seguimos las incidencias de la Serie Nacional.

El nuevo formato es mucho más atrayente que el anterior, aunque sea injusto. Todo playoff tiene una dosis de injusticia, ojo, y eso aumenta cuando se trata de resolver todo con una muerte súbita. Por eso, Venezuela tuvo balance de 10-2 en las primeras tres eliminatorias con este esquema, el mejor entre los cinco participantes, y ninguna corona que celebrar.

El comisionado Juan Francisco Puello Herrera, tan cauteloso para impulsar los cambios, ahora parece dispuesto a pisar el acelerador, de acuerdo con las declaraciones que viene dando desde enero. Quiere más naciones, estudiar la fecha y el sistema de juego.

La ya casi inminente entrada de Panamá va a permitir, si se resuelve el asunto cubano y su membresía a la Confederación del Caribe, que se juegue en dos grupos de tres, eliminando a dos contendores y yendo a semifinales cruzadas. O que se mantenga el todos contra todos inicial, pasando los cuatro primeros a la semi.

Sería una fiesta si dejaran también entrar a Colombia y Nicaragua, aunque sus circuitos estén un par de peldaños por debajo en el área. Les obligaría a subir su nivel deportivo y mejorar su infraestructura, dándole a los aficionados nuevos equipos y rostros para ver, y permitiendo probar un formato con dos grupos de cuatro, de donde emerjan los finalistas.

El otrora Clásico de Febrero agonizó por su resistencia al cambio, tratando de ser lo que había sido antes. Pero los cambios le han ayudado, finalmente, a recuperar parte de su atractivo. Que vengan más.

@IgnacioSerrano

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