Opinión

Guillén, Vizquel y una clara diferencia entre el fútbol y el beisbol

Todos hemos visto episodios así: un director técnico es contratado por determinado equipo de fútbol y acepta bajo ciertas condiciones, que usualmente tienen nombres y apellidos. Quiere al atacante tal o al defensor cual, a cierto volante o a su arquero favorito; son los jugadores que considera imprescindibles para llevar adelante su proyecto.

Es el modo en que funciona el balompié. La opinión del DT es fundamental en la contratación de la plantilla. Él propone, y cuando no es así, es él quien aprueba.

Esa característica llega al extremo cuando se trata de selecciones nacionales, donde el técnico sube un escalón, para convertirse en el todopoderoso seleccionador nacional, que precisa quiénes irán a cada competencia y cada convocatoria, y decidirá luego cada movimiento en la cancha.

Todo deporte tiene sus propias características. Esas son las del fútbol.

El beisbol no funciona así.

Olvidémonos por un momento de los protagonistas del último vaporón surgido con el Clásico Mundial. Que la simpatía o antipatía por los involucrados no nuble nuestro entendimiento. Repasemos, con frialdad, el uso y costumbre de los diamantes.

El equipo, todo equipo, es armado en la oficina. La primera y la última palabra corresponden al gerente general. En las Grandes Ligas, es él quien decide quiénes forman el roster de 40. Oirá sugerencias del manager en cuanto a alguna necesidad que debe ser cubierta o respecto a subir a determinado pelotero. Pero la decisión corresponde al ejecutivo, no al piloto, especialmente cuando existe diferencia de criterios.

Una vez que la novena está formada, corresponde al estratega dirigirla: definir el lineup, armar la rotación, establecer las tácticas, sancionar a los indisciplinados, premiar a los enrachados, mover el pitcheo, todo eso corresponde al timonel, con la asesoría de sus coaches. Nada tiene que decir, ni siquiera que proponer la gerencia. Su trabajo se hizo antes. Ahora le corresponde al manager.

La única excepción a esta clara regla beisbolera se llama Buddy Bailey. Y únicamente en la LVBP, no en las menores. No conocemos a otro.

Ken Williams fue el arquitecto de los Medias Blancas, no Oswaldo Guillén. A Guillén le correspondió luego inspirar a sus jugadores, hasta hacerlos campeones mundiales. Pero el mando era de Williams, al punto de que al final quien se marchó fue el venezolano, a pesar de su estrecha amistad con el dueño de la divisa, Jerry Reinsdorf.

Moisés Alou fue el arquitecto de esa República Dominicana que ganó el pasado Clásico Mundial y de nuevo lo es en esta. Fue él quien decidió quién iba, como está haciendo de nuevo, en esta oportunidad.

A Sparky Anderson le desarmaron la Maquinaria Roja y tuvo que aceptarlo. A Billy Martin le contrataron peloteros que no sólo no quería, sino que detestaba. Tuvieron que someterse. Porque en el beisbol es así como funciona, aunque algunos no entiendan o no compartan.

No sabemos si Carlos Guillén cometió la equivocación de no advertirle a Asdrúbal Cabrera que quedaría fuera si no aceptaba el rol de suplente, papel que al parecer no quería. Cabrera sostiene que no le hablaron claro.

Guillén y cualquier gerente pueden cometer errores de apreciación, fallas de cálculo y yerros que luego se pagan con derrotas. Y es muy probable que haya jugadores a quienes unos u otros queríamos ver en la escuadra tricolor. Pero ese no es el tema de hoy. El tema es el rol de cada uno. Y  debido a ese rol, la decisión de completar el roster era de la gerencia.

Por eso será corresponsable del triunfo o del fracaso que obtendrá en el terreno Omar Vizquel. Porque esa es su tarea y así es como funcionan las cosas en el beisbol.

@IgnacioSerrano

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