Opinión

La gran promesa y el triste final de Harold García

Harold García es uno más entre esas decenas de miles de venezolanos que soñaron con las Grandes Ligas y no pudieron completar el camino.

Fue un buen pelotero. Firmó con los Filis y con las Águilas, hace casi tres lustros, y entusiasmó a ambas organizaciones con su talento, aunque terminó retirándose, sin llegar a las Mayores.

Es lo más común. El beisbol, lamentablemente, es uno de los deportes profesionales en los que resulta más difícil llegar al tope.

Hay algo, sin embargo, que diferencia a García de muchos otros que se quedaron en el camino: a él no lo retiró la incapacidad para descifrar a los pitchers de mejor nivel.

“Bateaba”, recuerda Jorge Urribarrí, que era asesor de la gerencia del Zulia y fue el encargado de llevarlo a esa divisa.

“Y también corría”, agrega Chalao Méndez, el scout que lo llevó a Filadelfia y le puso en el camino a la MLB.

García ha vuelto a ser noticia por estos días. En 2010, con 23 años de edad, bateó hits en 37 juegos consecutivos, implantando varios récords. Nadie en la Liga de Florida, Clase A avanzada, había hecho algo semejante. Ningún venezolano había conseguido una cadena así en el beisbol internacional. Sólo el inolvidable César Tovar, en la LVBP, pudo hilvanar una seguidilla mayor.

Hoy, Daniel Mayora se puso a tiro de su registro, con Durango en la Liga Mexicana de Beisbol.

El muchacho que por entonces maravillaba a los cuáqueros era un prospecto legítimo, un camarero que en 2009 se robó 42 bases y que en esa campaña con Clearwater bateó para .335/.397/.492.

“Al día siguiente de terminar esa cadena, lo subieron a Doble A”, señaló Méndez.

Parecía predestinado. Era parte de aquella brillante generación de aguiluchos, que incluyó a Gerardo Parra, Pollito Rodríguez, Carlos González y Henry Alberto Rodríguez, el pitcher que soltaba rectas a 100 millas por hora. Todos llegaron a las Grandes Ligas, menos el infielder marabino.

La veloz carrera de García hacia la Ciudad de la Libertad terminó en 2011. Jugando con el Reading, en Doble A, chocó en primera base con un inicialista y sufrió una grave lesión.

“Se destrozó la rodilla”, rememora Méndez. “Ligamentos, fractura, de todo”.

La zafra apenas empezaba, pero de nuevo refulgía. Bateaba para .300/.327/.480 y seguía apuntando a las Mayores. Pasó por el quirófano, para la primera de varias operaciones, y más nunca fue el mismo.

No volvió a jugar para los cuáqueros, oficialmente. En pleno Spring Training de 2012, cuando parecía estar recuperándose, recayó y volvió al quirófano. Perdió dos años y medio en las menores. Y cuando quedó en libertad, y firmó con los Mellizos de Minnesota, no pudo hacer mayor cosa en la sucursal Doble A de los gemelos. Fue dejado libre una vez más.

Su último intento ocurrió meses después, en la LVBP, cuando las Águilas lo enviaron a los Tigres, en un cambio por el también infielder José García. Fue el final del camino.

Urribarrí todavía recuerda su talento. Méndez asegura que tenía sello de los seguros grandeligas.

“Era incluso mejor bateador que César Hernández”, precisó el Chalao, comparándolo con el actual camarero de los Filis.

Un giro desafortunado impidió que completara su sueño como bigleaguer, aunque dejó su nombre en el libro de récords del beisbol venezolano con aquella notable seguidilla.

@IgnacioSerrano

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