Opinión

¿Dónde están los jonrones de Miguel Cabrera?

Miguel Cabrera tiene únicamente un jonrón en esta temporada. Luego de casi 150 apariciones en el plato, apenas sumaba siete extrabases, incluyendo seis tubeyes. Como consecuencia, y también porque sus Tigres de Detroit no se embasan con alta frecuencia, su total de empujadas era de 14 en 33 juegos, un total sumamente discreto frente a sus registros históricos.

¿Está en slump, el nativo de Maracay? ¿La edad le ha robado la fuerza, como suele suceder con todo pelotero, con todo ser humano? ¿A dónde fueron los cuadrangulares de Cabrera? Y sobre todo, ¿será posible el retorno de aquellas conexiones?

El lugar del aragüeño en el Salón de la Fama parece ya seguro, aunque está claro que llegar a 500 vuelacercas y rondar las 2.000 empujadas completarían una brillantísima hoja de servicios, que incluye cuatro títulos de bateo, una Triple Corona y dentro de un par de campañas los 3.000 hits, si la salud le acompaña.

No necesita seguir poniendo pelotas al otro lado de la cerca para garantizar su placa de bronce en el templo de los inmortales. Pero esta columna de hoy no busca ponderar su candidatura a Cooperstown, sino desentrañar lo que ocurre con su producción.

Porque Cabrera no sufre una sequía, en realidad. Este viernes subió su average a .303 y puso en .367 su promedio de embasado. Ambos registros están por debajo de sus números habituales en las Mayores, pero superan por mucho la media de las Grandes Ligas. Significa que, al menos en cuanto a contacto y disciplina en el home, sigue siendo un pelotero de élite.

La incógnita está en los bambinazos, particularmente. Y en los extrabases, en general.

¿Perdió la fuerza? Dado que en esta era post esteroides los toleteros dependen de sí mismos para seguir produciendo como antes, ¿estamos ante un declive natural?

Por supuesto que Cabrera no le pega a la pelota como hace cinco o seis años, cuando estaba en el punto culminante de su recorrido. Tiene 36 años de edad. Pero no ha perdido tanto poder. Lo prueban los radares y computadoras que la MLB tiene en cada estadio y que arrojan los resultados que recopila el servicio Statcast.

Los batazos del venezolano han salido este año a una media de 91,7 millas por hora. Únicamente 44 toleteros superan esa velocidad. Es un registro superior a, por ejemplo, Bryce Harper, Manny Machado, Ryan Braun y Pete Alonso, de clamoroso estreno en la gran carpa, este último. La mitad exacta de sus conexiones (50,5 por ciento) ha sido con el centro del bate, tablazos sólidos, de acuerdo con las mediciones. Eso le ubica en el puesto 26 entre ambas ligas. Nada malo. Por el contrario, aventaja a sluggers legítimos, como J.D. Martínez, Gary Sánchez, Yasmani Grandal, Carlos Correa, Harper, Braun, Machado y hasta al mismísimo Ronald Acuña Jr., por citar unos cuantos.

Cabrera ha dicho que su preocupación es el contacto, mantener alto el average, a la espera de que lo demás venga solo. Últimamente ha causado algo de polémica, al sugerir que sus jonrones dependen de la falta de custodia que tiene en el lineup de los Tigres. Pero la realidad es otra.

Los batazos del criollo apenas promedian 164 pies de distancia. Hay al menos 226 bigleaguers por arriba de él en ese conteo. Le está dando muy duro a la pelota, pero no la lleva lejos. ¿Por qué?

La razón está en su alto número de roletazos. Y eso se debe al ángulo con el que está haciendo swing. Casi recto. En promedio, le tira a la pelota con un ángulo de 10,9 grados. En comparación, José Altuve ha pasado de 9,5 en 2018 a 14,4 grados en 2019, con resultados evidentes: aunque ha bajado sus promedios, disputa el liderato de cuadrangulares en la Americana.

¿Qué le depara a Cabrera? Es imposible predecirlo, a ciencia cierta. Depende del paso del tiempo, del rendimiento de los rivales y de su propia determinación a seguir buscando sencillos o cambiar el ángulo para tratar de disparar más elevados. Esto último quizás le reste average, lógicamente. Pero con la fuerza que todavía tiene, y las pruebas lo demuestran, también le valdría conseguir más extrabases. Ya veremos qué decide.

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