Opinión

El Clásico Mundial, capítulo final

La victoria de Estados Unidos en el Clásico Mundial de Beisbol ratifica que este torneo, con todas sus limitaciones, sólo es dominado por las verdaderas potencias del diamante. Desde su creación, ha sido ganado dos veces por Japón, luego por la República Dominicana y ahora por la cuna de este deporte.

Esos tres países son, coincidencia o no, los tres principales protagonistas en la industria beisbolera global. La NPB nipona genera más dinero que cualquier otro proyecto, después de las Grandes Ligas, y Quisqueya es el principal productor de jugadores detrás de esas dos naciones.

Venezuela es el único de los “grandes” que todavía no disputa una final. Y por grandes, claro, no hablamos de potencial subjetivo, sino del comprobable pedazo del pastel que se comen cada año, con su participación en el mercado de peloteros. Cuba fue finalista en 2006. Corea del Sur en 2009. Puerto Rico en 2013 y 2017.

Visto desde ese punto, y aunque siga siendo amargo, el séptimo lugar de la Selección Nacional resultó justo con el predominio histórico de aquellos seis, aunque ya hay que empezar a considerar la idea de apartarle un cupo arriba a Holanda y su tropa de antillanos.

Si el rumor de una posible eliminación del torneo circuló activamente desde finales del año pasado, el éxito económico de esta ocasión, el millón de personas que compraron tickets en los estadios, los tres millones de telespectadores que vieron la final solamente en Estados Unidos, el incremento en 50 por ciento de la venta de mercadotecnia parecen argumentos de suficiente solidez para entender que la cita más bien se consolida.

A eso habría que añadir el buen nivel de juego que mayormente se vio, incluso en las rondas iniciales. Es cierto que los venezolanos sufrimos en las dos semanas de acción, pero fue un disfrute ver jugar a los cuatro semifinalistas a todo lo largo del lance, así como también a los quisqueyanos e incluso a los israelíes, de tan grato desempeño.

Del sufrimiento patrio valdría sacar aprendizajes. Visto lo sucedido, y escuchando lo que han dicho diversos protagonistas, comenzando con el propio Miguel Cabrera, parece más claro que el mayor enemigo de la Selección Nacional, la causa de sus malos ratos, fue un exceso de presión, que ellos mismos pusieron sobre sus hombros, con ayuda de una legión de aficionados que también soñaba ávidamente.

Eso explica por qué este grupo lucía más enfocado que nunca, reuniéndose en Miami para entrenarse juntos sin permiso de la MLB, a instancias de Cabrera, y terminó desplomándose a partir del primer pitcheo de Seth Lugo.

Así como Richard Páez incorporó un sicólogo deportivo a la Vinotinto futbolera, con extraordinarios resultados, ¿no valdría la pena hacer lo mismo con la novena que asistirá al próximo torneo?

Hasta a la fanaticada y al periodismo nos haría bien escuchar con atención a ese sicólogo deportivo. Vaya, si es que como país no sólo necesitamos aprender a perder, también requerimos de sosiego, de equilibrio, por no hablar de mejores gobernantes, mejores ciudadanos, mejores federaciones y paremos mejor aquí.

Terminó el Clásico Mundial. Deja buen espectáculo y sabor de beisbol. Vendrá una quinta edición en 2021. Quizás no haya quinto malo para Venezuela. Ojalá traiga mejores horarios, para moderar trasnochos y madrugonazos.

@IgnacioSerrano

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