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La luz y el color se presentan como fuente de inspiración

En Un punto, un mundo la artista Sandra Betancort despliega su proceso de experimentación con prismas. Añade una visión espiritual del arte. 12 piezas muestran el fenómeno de la reflexión lumínica sobre cristales

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Manuel Sardá

Las obras fueron creadas a partir de la experimentación con prismas y espejos

Sandra Betancort atrapó el fenómeno lumínico de los prismas en el lienzo. Óleo, acrílico, spray, madera y luz son las herramientas que utiliza para captar lo que sus ojos ven y plasmarlo en diferentes superficies. Un punto, un mundo es el título de la exposición que la artista presenta en la galería Siete al Cubo de Los Galpones hasta finales de noviembre, que aparte de ser un encuentro con una técnica experimental particular, también pretende que el espectador entre en contacto con lo espiritual en el arte.

En un taller en Los Chorros, lleno de prismas y espejos, la artista ha estado por años forjando composiciones sirviéndose del fenómeno de la reflexión de la luz blanca cuando atraviesa un cristal. “Es una dinámica de la descomposición de la luz. Comencé trabajando con prismas y luego experimenté con nuevos materiales, hasta que llegué a los espejos y me di cuenta de que se pueden crear infinidades de formas geométricas a partir del movimiento. Esa dinámica es la que aparece en mis piezas”, indica Betancort.

El trabajo de la pintora comenzó con óleo sobre lienzo, siempre en la búsqueda de posibilidades que le permitieran captar la descomposición de la luz. A esta experiencia se atrevió a sumar elementos vinculados con creencias espirituales en sus obras. La artista apunta: “Hace un año descubrí que con el spray puedo realmente captar lo que produce un rayo lumínico. Además, todo este trabajo también responde a un proceso espiritual importante que quiero reflejar y dar a conocer mediante la experiencia que se produce frente a cada pieza”.

“Atardecer en la montaña” es una de las obras más singulares de la exposición. La artista quiso retratar el Ávila a través de su técnica: cinco grandes círculos de madera de diferente grosor están colocados en lo más alto de una pared de la galería, la silueta cuadriculada de la montaña se muestra oscura y gris, pero el cielo se ilumina y se pinta bajo el efecto del prisma con los colores del atardecer.

Las 12 piezas que componen Un punto, un mundo, hechas con los colores del arcoíris, parten de formas geométricas y son presentadas como si se vieran a través de un caleidoscopio. Casi todas las obras tienen nombres tomados de la geometría, sin embargo las líneas y la rigidez de lo matemático se alejan del trabajo de Sandra Betancort.

“Todo el que venga puede manejar y dejarse llevar por el niño interno. Puede tomar el caleidoscopio y ver la exposición de la forma en la que lo desee. La idea es llevar mi proceso experimental hacia los espectadores”, refiere la artista, quien además ha desarrollado piezas sobre madera que se pueden girar para crear unas formas geométricas o líneas particulares a partir de sus pinturas. “Cada pieza se convertirá en una experiencia particular para cada espectador”, aduce la artista.