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“La fatalidad lleva demasiado tiempo instalada en el discurso”

Deborah Castillo vive en Nueva York, pero su obra está atada a Venezuela. Parricidio 2017, la obra más reciente de la artista, forma parte de la colectiva Onomatopeyas visuales en tiempos difíciles que se inauguró el domingo en la galería Carmen Araujo Arte

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El estallido duró solo unos segundos. Después del ruido ensordecedor quedaron solo los pedazos destrozados. La cabeza voló por los aires luego de la implosión preparada que dejó a la estatua de yeso convertida en ruinas. La descripción pertenece a la obra audiovisual más reciente de la iconoclasta Deborah Castillo: Parricidio 2017.

En su trabajo la artista no solo derrumba íconos. Se acerca a la simbología del poder, la violencia, la opresión, la tiranía, para entender lo que pasa en su país.

—¿Cuál es la imagen que le apunta la Venezuela actual?

—El Estado con su bota de hierro aplastando al ciudadano. Nos están silenciando. Estas protestas que se han generado en los últimos meses son una respuesta a la represión. La bota como referente simbólico es muy importante, porque representa todo lo que ha pasado en el país desde Chávez. Lo peor es que no hay una salida inmediata.

—El tema de la violencia simbólica ha sido recurrente en su trabajo. ¿Se inspira en la realidad inmediata?

—Mi obra es producto de la frustración, de lo que reconocí como una dictadura desde hace 10 años. Lo que hago es diseccionar la realidad desde una dimensión histórica del poder. No hago representaciones de lo que está pasando en lo inmediato. Mi investigación iconoclasta sobre el abuso del poder es más amplia. Me enfoco en los íconos de una dictadura que ahora es frontal. Mi trabajo se nutre de esa agonía interna que significa ser venezolano, estés donde estés. Vivo en Nueva York, pero toda mi vida continúa allá, porque finalmente nadie se va de Venezuela. Entonces el dolor es doble, porque el exilio también duele.

—En su pieza más reciente, Parricidio 2017, le explota la cabeza a una estatua en una secuencia de imágenes. ¿Es una metáfora de la implosión de los falsos héroes?

—Es la implosión del héroe, que lo que deja son ruinas. Es el tema que estoy trabajando ahora. La dictadura es una ruina. En el pasado nunca nos imaginamos que Venezuela iba a pasar por una dictadura del siglo XXI. Al final, no están inventando nada, lo que hace el Estado es un collage de todas las dictaduras que han ocurrido desde el inicio del marxismo. Intentan venderse como demócratas, pero lo que hacen es suprimir la libertad en todos los sentidos.

—¿La libertad es al final una forma de poder?

—La libertad es un hecho vital. Es la pulsión que les sale a estos adolescentes, que no conocen otra forma de gobierno. Estos niños de 17 años de edad entienden la libertad desde la manera salvaje, de esa necesidad de salir de la opresión. Lo que quieren es futuro.

—¿Su obra Lamezuela sigue representando al país?

—Esa pieza es de hace siete años. Es la sumisión del pueblo. De alguna manera fue premonitoria, porque en 2010 la represión de la dictadura no era tan frontal. En vez de difuminarse, va tomando más sentido. En 2014 se convirtió en una pieza de calle. La pintamos en las paredes, en el asfalto. Lamezuela fue el inicio de este cuerpo de trabajo enfocado en la dictadura.

—El poder es uno de los delirios más grandes del ser humano. ¿Están ebrios de poder?

—El poder y la locura están en una misma sintonía. Los delirios de poder son muy parecidos a los que padecen los pacientes psiquiátricos. Puede llevarlos a hacer cosas impensables. La diferencia es que a los locos los meten en un manicomio.

—¿Se acerca entonces a lo perverso?

—La cara de este gobierno es muy macabra. Porque tiene estas aristas del poder, del deseo y lo perverso. Un triángulo del delirio, que los hace sentirse inmortales, por eso su afán de querer inmortalizar las ideas. Chávez estuvo delirante por mucho tiempo. Un dignatario delirante gobernando el país.

—¿Qué papel desempeña el arte ante este escenario?

—La obra de muchos artistas ha cambiado de rumbo, hacia la crítica política. Es muy importante lo que está pasando en Venezuela en estos momentos. Los artistas nunca paramos de crear, incluso en las guerras. El arte es una válvula de escape ante el Estado represor.

—Sin embargo, siempre está el riesgo de normalizar la violencia.

—La fatalidad lleva demasiado tiempo instalada en el discurso. Son casi dos décadas enfrentados a lo mismo, hay un debilitamiento, es de humano sentirse agotados. Hay gente muy joven que está aportando el ímpetu necesario. Artistas que se han convertido en activistas, que han transformado su trabajo en drenar la frustración.

—En su exposición de 2016 reescribió frases del Manifiesto Comunista con una figura de yeso que tenía la cara del propio Marx. ¿Hay que enmendar la historia?

—Esa pieza tiene múltiples lecturas, desde quitarle la cabeza al que hizo el manifiesto, hasta borrarlo para hacer uno nuevo. Marx escribió ese manifiesto hace más de 100 años y sigue aplicándose sin cuestionamientos. Fue un gran romántico en sus ideas, pero en la práctica está demostrado que ha sido un desastre para la historia de la humanidad. A Venezuela nos arrastraron la herencia de Lenin, de Stalin, del ala radical de Cuba. Y nos quisieron imponer el manifiesto.

—Pero el gobierno se dice progresista.

—En nada hemos avanzado.

—También se dicen feministas.

—Estamos en pañales frente a muchos países en temas como el aborto, por ejemplo. El Estado no le da poder a la mujer. Al contrario, es machista, fascista, antifeminista. Las mujeres han sido invisibilizadas. Somos un país patriarcal en estructura y matriarcal en funcionamiento. En Venezuela hay un discurso ambiguo, porque esas estructuras de madres y abuelas fuertes son invisibilizadas dentro de la disfuncionalidad de un país falocentrista.

“No tengo nada en contra de Bolívar”

Deborah Castillo desafía todo lo que representa el poder constituido en sus indagaciones creativas. En su exposición Acción y culto (2014), la figura de Bolívar era protagonista al mostrarlo como héroe épico, figura de culto y objeto sexual. La muestra fue muy criticada desde el gobierno.

“Tomo a Bolívar como punto de partida de una serie de obras que van más allá del personaje. Es destruir el ícono que ellos tomaron como bandera de su proceso social. No tengo nada en contra de Bolívar, es lo que han hecho con su figura, la parodia que construyeron alrededor del héroe, de Chávez como su reencarnación. Estoy destruyendo lo que hicieron con el prócer. Cuando me denunciaron en VTV, le dio más sentido a mi trabajo, porque según la lógica de la dictadura ellos son los únicos que pueden cambiarle la cara a Bolívar”, afirma la artista.

Castillo ha tenido que lidiar con estos señalamientos a lo largo de su carrera. “Cuando te censuran es porque estás diciendo algo importante. Siento que es una reacción para bloquear el discurso, para coartar mi libertad como creadora. En mi caso lo que hace es potenciar mi trabajo. Lo bueno de estar afuera es que no me pueden llevar a la cárcel”.