Final trágico de Muamar Gadafi
21-Oct 05:19 am|El Nacional
La primavera árabe fue como un campanazo que comenzó por el reclamo
popular contra los regímenes autocráticos eternizados en poder. No obstante,
la arrogancia del poder y la pasión de dominar las sociedades
prevaleció sobre la sensatez política

El líder libio junto al presidente Hugo Chávez | Alexnys Vivas
El largo conflicto de Libia desembocó ayer en la muerte del coronel
Muamar Gadafi. Meses de enfrentamientos sangrientos, con intervención de
países extranjeros, un número extremadamente alto de víctimas,
innumerables pérdidas materiales, y traumas que pocos pueblos han
padecido terminaron en el episodio que los observadores habían previsto
como fatal. Es difícil que procesos dictatoriales como el que
protagonizó Gadafi durante 43 años tengan desenlaces normales, o
transiciones pacíficas.
La primavera árabe fue como un campanazo que comenzó por el reclamo
popular contra los regímenes autocráticos eternizados en poder. El
despertar de los pueblos que reclaman derechos humanos y mejores
condiciones de vida, de participación ciudadana, de más justa y
equitativa distribución del ingreso, ha debido ser comprendido, y ha
debido tener respuestas abiertas, positivas y democráticas. No obstante,
la arrogancia del poder y la pasión de dominar las sociedades
prevaleció sobre la sensatez política.
Ante tanta intransigencia e intolerancia, ante reacciones violentas y
ante la utilización de ejércitos para reprimir a los pueblos, los diques
terminaron rompiéndose. En Libia vino paralelamente la intervención
extranjera, algo que no ha debido suceder y que sólo explica la guerra
desatada por el coronel Gadafi. Desde el extranjero se alentó a Gadafi
para que no cediera y no negociara. Trágicos errores. La gestión tenía
que haber sido de otra naturaleza. El final tan nefasto debe servir como
lección. Nadie puede ni debe eternizarse en el poder.
Traumas como los padecidos por el pueblo de Libia son difíciles de
superar. Al trauma de la guerra civil y de los odios y rencores
sembrados, se une el de las innumerables muertes que deja el conflicto.
La fuerza no predomina indefinidamente. Quienes no lo entiendan quizás
ignoren los procesos sociales. Después de una larga dictadura
unipersonal como la de Gadafi en Libia y de una guerra cruenta, la
vuelta a la paz y a la conciliación es compleja y demorada. Si la
comunidad internacional está llamada a jugar un papel, no puede ser otro
que la prédica de la tolerancia y de la convivencia.
Otros pueblos árabes buscan agónicamente regimenes políticos más
cónsonos con la condición humana, más afines con su historia e, incluso,
más abiertos a la contemporaneidad. Es un error considerar que los
pueblos se resignan a vivir divorciados del progreso y de la técnica.
Entre estos pueblos está el de Siria.
El joven presidente no puede aspirar a envejecer en el poder.
Ni a prolongar el dominio personal de la sociedad y de la nación.
Quienes lo aconsejan hacen mal en insistir en que reprima a su pueblo y no ceda ante sus demandas.
En la era de la información no hay sociedades impermeables.
De modo que se impone la comprensión de que los pueblos no están
condenados a resignarse. Que nadie puede, en el siglo XXI, proclamarse
dueño y señor de vidas humanas.