Sábado, 26 de mayo de 2012 • CARACAS/VENEZUELA
Viena o el estreno de la mirada europea
25-Sep 09:25 am|Lorena Gil Adrián
El Viejo Continente tiene su encanto en ser viejo. Por eso sorprende a los habitantes de este lado del Atlántico donde pocos recuerdos históricos superan los 500 años
Si apenas le dan cuatro días para ir a Viena, por favor, no se quede en el hotel
Si apenas le dan cuatro días para ir a Viena, por favor, no se quede en el hotel | Lorena Gil Adrián
La primera vez siempre merece un recuerdo, por eso me tomaré la licencia de escribir este trabajo en primera persona. Seguramente, usted, asiduo lector de estas páginas, ha ido alguna vez a Viena o a Europa. Pero hay algunos que nunca habíamos pisado aquel continente, así que este relato tendrá el candor del aprendiz.

Lo que entendí al aterrizar en el aeropuerto Charles De Gaulle en Francia es por qué los europeos se sorprenden tanto cuando llegan a Venezuela: el Caribe azulísimo y el verde salvaje de la costa atrapan a quienes están habituados a ver sembradíos ordenados y construcciones que datan de cientos de años atrás. Aquí, en Venezuela, lo más viejo apenas tendrá 500 años y allá tomé fotos a paredes que son del siglo XI, por lo menos. Ellos aquí y yo allá, todos sorprendidos.

Después de dos horas más de vuelo aterricé en Viena. ¿Y mi maleta? “Camine por allí”, “por allí”, llegué casi hasta la puerta... No me pidieron declaraciones de nada ni llenar planillas. Es como si confiaran en uno. Agarré mi equipaje de la cinta y salí a una ciudad musical por excelencia. Desde que llegué no dejé de ver personas apertrechadas con sus instrumentos, estampa tan cotidiana como verle la lonchera del almuerzo a cualquier trabajador de nuestro país.

En los cuatro días de mi estadía me monté en más Mercedes Benz que durante toda mi vida. Desde sus ventanillas contemplé la grandeza de la arquitectura vienesa, pero definitivamente lo mejor es caminar y saber que la calle es segura, que las aceras son para las personas y no para los buhoneros. Eso sí: cuídese de las bicicletas. Las ciclovías bordean las calzadas, pero como uno no está acostumbrado a su existencia, en cualquier momento estará andando por ellas y los ciclistas van a velocidad de motorizado caraqueño.

Mi ópera, mi catedral. Si apenas le dan cuatro días para ir a Viena, por favor, no se quede en el hotel. Báñese, cálcese un zapato cómodo, agarre su cámara y salga. Cualquier edificio que vea es famoso e importante, cualquier plaza. Rumbo a un restaurante de comida rápida tomé la foto de una estrella dedicada a Arturo Rubinstein en plena acera, en la pared del hotel Zacher hay una placa que recuerda que Antonio Vivaldi estuvo por esos predios, en la esquina de enfrente hay una señal que la identifica con el nombre de Herbert von Karajan... así es todo: de famosos.

En mi primera caminata vi la iglesia de los Salesianos, la iglesia de los polacos, el palacio Belvedere hasta llegar a la plaza del Soldado Ruso. Todo eso en menos de cinco cuadras.

A poca distancia de esta plaza está el edificio de la Ópera, en la esquina Von Karajan. Su estructura deja al espectador atónito: es imponente, hermosa. Hoy cuando veo las fotos la llamo “Mi Ópera” porque durante los cuatro días siempre estuve allí, aunque nunca entré a ver una obra. Por supuesto, es costosa una entrada, pero si no le importa estar de pie durante toda la función puede pagar tres o cuatro euros y decir: “Fui a la ópera en Viena”. Incluso ¡puede no pagar nada! ¿En serio?, me dirá. Sí, en serio. Hay días en que en la acera lateral al edificio ponen unas sillas plásticas y puede presenciar la función en una pantalla gigante. Supongo que lo harán siempre que haya buen tiempo. En esto la primavera me ayudó.

Muy cerca de allí está el hotel Sacher, donde hacen la famosa torta homónima. Vaya y cómase una con café con leche. Cuatro o cinco euros que no empobrecen ni enriquecen, pero lo sumergen en la cultura vienesa. La red de panaderías Aída también requiere una visita. Cómase un strudel, pues la delicadeza de las manzanas cortadas en lajas muy finas bien vale probarse, no se parecen a los de aquí. Un dato para los exigentes con el café: gracias a la universalidad de los italianos si usted quiere un café con leche, pida un capuccino. Es lo que más se parece a un “marrón claro” de aquí.

Ya en el corazón de la ciudad está la Catedral de San Esteban, un templo gótico que aunque lo visité todos los días no alcancé a ver cuántos detalles tiene. Alberga un ícono medieval de la Virgen María, que fue trasladado a Viena desde Hungría en el año 1697. El emperador Leopoldo I lo mandó a buscar porque muchos testigos habían visto llorar a la imagen y daban fe de que un niño se había sanado en su presencia. Desde entonces se venera en la catedral.

Cada vez que entré a San Esteban, a San Carlos Borromeo –de estilo barroco– y a muchas otras iglesias, se me ocurría pensar en la fe de aquellos que construían grandes catedrales, pero también en la capacidad del hombre de otras épocas que edificaban obras de arte a pesar de no contar con medios técnicos como los actuales. En Viena, estos monumentos reciben constante mantenimiento y, para que los andamios no afeen sus fachadas, hacen una gigantografía que reproduce perfectamente las paredes que se están arreglando tras de la cual trabajan los obreros. Cosas de primer mundo.

Sissi y otras visitas de rigor. Pensaba que Sissi era un cuentico muy rosa para mi gusto. La ignorancia es atrevida. Menos mal que siempre hay gente inteligente alrededor y generosa para prestar películas. Con mis DVD de Sissi bajo el brazo me enteré de que la emperatriz de Austria –entre 1854 y 1898– esposa de Francisco José I, hizo grandes cosas por el trono de los Ausburgo y es más famosa allá que Simón Bolívar por estas tierras, lo cual le puede dar una idea de lo que quiero decir. Hay hasta chocolates con el nombre de la emperatriz.
Por lo tanto, Sissi y sus predios son puntos de obligatoria visita. Debe ir al Palacio Hofburg donde hay un museo en su honor, el Palacio de Schönbrunn –conocido como el Versalles vienés– que era la residencia de verano de los Ausburgo.

Otro edificio que hay que visitar es la estructura barroca del Palacio del Belvedere, sede del Museo de Arte Barroco, el Museo de Arte Medieval y la Galería de Arte. Lo bueno de estos dos últimos recintos es que para entrar en sus jardines no hay que pagar. Son tan hermosos que sólo con eso valió la pena ir. Y uno que no es palacio, pero sí museo es el Albertina donde hay una gran colección de dibujos, entre ellos varios Dureros. Este se encuentra justo al frente de la Ópera de Viena.

Los amantes de la música clásica no hubieran dejado de ir a la casa de Mozart, así que yo fui. Siempre sorprende ver los escritos de puño y letra de un autor, sobre todo de piezas que uno escucha infinidad de veces y tararea mientras limpia. También pasé por el parque de diversiones Prater y sonreí a mis coterráneas continentales cuando escuchamos que la música ambiente no era hip hop ni reguetón, sino los allegros del genio del Salzburgo.

No es lejos Europa ni agotador un viaje si el destino es tan enriquecedor como Viena. Si es por darse un “saltico a...”, lo disfrutará.
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