Se inicia en la segunda semana de febrero uno de los actos más trascendentales de las democracia en esta última década. No es poco el esfuerzo que se ha hecho para lograr que las diversas corrientes políticas y los diferentes movimientos partidistas depusieran sus intereses particulares y se unieran para arribar a una fecha que hará historia en Venezuela. Cuando todo parecía perdido y cuando las esperanzas de encontrar un rumbo certero y ciertamente triunfal, se ha producido un agrupamiento de fuerzas como nunca antes se había visto en la democracia.
Años atrás, las fuerzas democráticas estaban desmoralizadas, no porque sintieran que sus propuestas carecieran de peso, sino porque el espacio entre sus mensajes y la repercusión entre sus seguidores y la periferia de los partidos, así como entre la gran masa de independientes, era tan grande que desinflaba cualquier alternativa de futuro.
En verdad se lograron luego triunfos electorales en gobernaciones y alcaldías que demostraron que el ímpetu por el regreso de la democracia estaba en franco crecimiento, aunque no terminaba de concretarse en un proyecto común que evitara la dispersión de las fuerzas de los militantes de la disidencia.
El pesimismo era tal que cuando se planteó el movimiento de la unidad casi todo el mundo lo vio como un proyecto destinado al fracaso. Fue un camino cuesta arriba hacer entender tanto a los partidos como a los movimientos locales y regionales que la MUD no iba a ser una vulgar trampa para cazar votos, que era un proyecto político, ético e institucional de largo alcance y que, por sus propias características, garantizaba no sólo un amplio frente electoral capaz da alcanzar el poder, sino de proyectarse más allá de convocar el voto del ciudadano descontento.
Lo fundamental era reconocer los errores del pasado, no tropezar con las ambiciones personales y el oportunismo político y enfocarse en lo fundamental: lograr la unidad local, regional y nacional como primer paso del triunfo electoral que, como es lógico, se busca estratégicamente.
La propuesta de las elecciones primarias para elegir a los candidatos de la oposición en todos los niveles era la más traumática de las vías que podían ser escogidas porque crea, quiérase o no, rabietas y resentimientos. Pero ha resultado ser el más útil de los caminos para que la campaña por la restitución de la democracia no se concentre en un solo candidato, como ocurrió en el pasado, sino que se multiplique en tantas voces y tantos candidatos que no hay sitio en nuestra geografía que no haya sido eco de esta prédica por devolverle la vigencia a las instituciones civiles.
Concurrir a votar masivamente en las primarias de la oposición es el gran paso para levantar la democracia. No acudir, quedarse en casa o dejarse llevar por la idea chavista de que las primarias son un fracaso, constituye aceptar que Chávez y Diosdado están para quedarse en el poder toda la vida.