Descubra el secreto italiano de Rodas
18-Dic 10:02 am|Javier Montes El País/Servicio Exclusivo de El Nacional
La isla griega cuenta con el legado que le dejó Italia en su expansión durante la primera mitad del siglo XX

La isla fue sede de la Orden de los Caballeros de San Juan | Archivo
No muchos recuerdan las pretensiones coloniales de los
italianos en el Egeo: entre 1912 y 1943, las islas del Dodecaneso
fueron parte del reino de Italia. Las había ganado en guerra contra un
Imperio Otomano moribundo, aquel "hombre enfermo de Europa" que se
desmembró tras la Gran Guerra. Y no pasaron a ser parte de Grecia
hasta la caída de Mussolini poco antes de que acabase la Segunda
Guerra Mundial.
De Kos a Leros, de Symi a Rodas, los italianos se emplearon en una
política de obras públicas, infraestructuras y edificios simbólicos
que remacharan su prestigio entre una población local
mayoritariamente griega.
El archipiélago se convirtió en la provincia de las Islas Italianas del Egeo, y se dio a los isleños la plena nacionalidad.
La perla del Dodecaneso, Rodas, hizo un poco las veces de una Cuba
tardía para un país relativamente joven como Italia, que se había
unificado en 1870 y se incorporaba con prisas a la carrera colonial
europea. La isla lo tenía todo para convertirse en escaparate de las
bondades civilizadoras del nuevo Estado: fértil y próspera, cargada
de historia desde la antigüedad, baluarte y avanzadilla frente a los
turcos en la Edad Media, cuando fue sede de la Orden de los
Caballeros de San Juan Hospitalario.
Ciudadela simbólica.
Hasta
la derrota frente a Solimán el Magnífico, los grandes maestres de
la orden habían hecho de la ciudadela una fortaleza legendaria: su
valor simbólico era evidente, e Italia no escatimó para presentarse
como restauradora de los valores de Occidente en tierras lejanas.
En la antigüedad se decía que los rodios construían "como si fuesen
inmortales". Italia traía consigo una tradición arquitectónica igual
de ilustre. Una de las iniciativas del primer gobernador de la isla,
Mario Lago, fue la creación de la Escuela Italiana de Arqueología en
Rodas. Roma dio cheque sin fondo y los italianos se lanzaron a
restaurar las ruinas: Lindos y Kameiros. La acrópolis de Lindos,
protegida por murallas y asediada por el pueblecito de estampa
orientalista, es aún hoy el tercer monumento más rentable de Grecia.
Toda una nueva urbe racionalista fue formándose en torno a las murallas y
las callejuelas de la vieja Ciudad de los Caballeros. Era una empresa
tan estética como política: presentándose como justos herederos de la
antigüedad clásica, los italianos trataban de dar carta de
naturaleza a su presencia forzosa en las islas.
La suya fue lo que se ha llamado "arquitectura del protector", y contó
para trazarla con el arquitecto Florestano di Fausto quien mezcló
todos los estilos de una isla mestiza: lo clásico y lo bizantino, lo
otomano y el gótico de las Cruzadas, el estilo vernáculo griego y sus
mosaicos de cantos de río blancos y negros. Todo pasado por la
túrmix de un art déco racionalista, amable y luminoso, de colores pastel
y amplios espacios.
Una arquitectura lúdica que pretende hacerse simpática y se
concentra en la ampliación del puerto de Rodas, que 2.000 años antes
había custodiado el legendario Coloso: el palacio del
gobernador reproduce el palacio ducal de Venecia. El Mercado Nuevo
mezcla felizmente la idea del zoco, la del ágora y la de la plaza
mayor: los cafés convierten a Rodas en una extremidad soleada y remota
de esa Europa de los cafés que defiende Steiner.
Y muchos edificios pensados para el placer: ahí sigue la cúpula a la
turca de La Ronda, los baños públicos frente a la playa. Y el elegante
acuario.
Di Fausto construyó por toda la isla: en las montañas aún puede
visitarse el centro cívico de la antigua Campochiaro, un asentamiento
rural pensado para atraer a colonos italianos. Y desde luego merece la
pena coger un taxi para visitar, a 10 kilómetros de la ciudad, otro
monumento: el balneario de Kalithea que construyó en 1928 Pietro
Lombardi. Es un sitio que Grecia acaba de restaurar con buen ojo.
Con el ascenso de Mussolini, la historia de Italia perdió veleidades.
El sueño panmediterráneo y conciliador de Mario Lago degeneró en la
fatuidad y los aires de grandeza de la "arquitectura del dominador"
del nuevo gobernador fascista, Cesare de Vecchi. A partir del año
36, sus arquitectos se centraron en restaurar el palacio de los
Grandes Maestres: iba a ser residencia oficial del duce, y luce aún hoy gélido y siniestro en sus salas de mármoles y sus almenas "disneyficadas". Llegaba el revival
de la romanidad gloriosa, y se había acabado el coqueteo con la
historia multicultural de las islas. De Vecchi depuró el eclecticismo.
El Gran Hotel de las Rosas perdió sus arcos ojivales, para
transformarse en un pesado navío de severidad grandilocuente. La casa
del Fascio, el teatro Puccini o el Palacio de Justicia intentaron
convertir Rodas en un muestrario del poderío fascista. Es una
arquitectura interesante desde el punto de vista histórico, pero mucho
menos duradera, paradójicamente, que los sueños volátiles de las
décadas precedentes.
Y que, no hace falta decirlo, se vuelve ridícula a la sombra invisible del viejo Coloso de Rodas . Desde el fondo del mar debió de sonreírse ante las pretensiones eternas de aquellos perifollos fascistas.