Seis días en Europa del Este
27-Nov 08:34 pm|María Victoria Bolívar Sánchez
Una travesía inolvidable por Praga, Bratislava, Viena, Salzburg, Innsbruck y Munich, que combinó música, buena comida y bebida y una interesante oferta cultural
“A Praga hay que verla”, me dijeron una vez. Es cierto, hay que verla porque no cabe en un solo adjetivo para describirla. El castillo de Praga, la catedral de San Vito, la avenida Wenceslao, Mala Strana, el Museo Nacional y el Reloj Astronómico son algunos de sus hermosos lugares.
En el puente Carlos dice la tradición que hay que tocar la imagen de san Nepomuceno para volver a tierras checas, lo cual es curioso en un pueblo que se dice ateo.
Bratislava está a cuatro horas de Praga, es la capital de Eslovaquia. Tiene un aire más moderno, a orillas del río Danubio. En el puente llamado Nový Most hay una construcción que semeja un ovni en donde hay un restaurante superlujoso. La parte típica de la ciudad posee una catedral gótica, un monumento al holocausto judío, un monumento a la Virgen que salvó a la ciudad de la peste negra en épocas remotas y un bulevar lleno de restaurantes y cafés.
Desde allí a Viena hay casi dos horas de recorrido. Viena es moderna y clásica. Está llena de teatros, de salas, de personas vendiéndote entradas en cada esquina vestidos al estilo de Mozart, por todos lados carteles de recitales y conciertos. Fuimos a una función con una pequeña orquesta que tocó piezas de Strauss, Mozart y otros menos conocidos. No podíamos pasar por Viena sin escuchar su música. También pude contemplar mi pintura favorita, El beso de Gustav Klimt.
Así como Praga, Salzburgo me generaba expectativa. Tuvimos tres horas para recorrer este rincón de los Alpes. Caminamos por calles angostas llenas de edificios barrocos y, rumbo a la ciudad vieja, aparece la vista del castillo en lo alto de la montaña, las torres de las catedrales y los edificios antiguos. Los turistas no saben a qué tomarle fotos. En la calle Getreidegasse está la casa natal de Mozart.
Tres horas nos separaban de Innsbruck, la favorita de los amantes del esquí. Fue difícil seleccionar un lugar entre tantos que hay para comer, hasta que dimos con uno en que preparaban los platos tradicionales tiroleses: papas con carne y tocineta, acompañado con cerveza austríaca. En Innsbruck, hay pintores trabajando por las calles, a decir verdad, hay pintores en todos los lugares que visitamos, y la mejor inversión fue comprarme unas pequeñas acuarelas de cada lugar.
Munich fue nuestro último punto del recorrido. Aunque llovía, la gente estaba en la calle celebrando el aniversario de la ciudad. De regreso al punto de partida, Praga, recorrimos el noroeste de la República Checa, y conocimos la ciudad de Pilsen, famosa por sus cervezas. Fueron seis espectaculares días que recomiendo a los curiosos y aventureros.