Viagra petrolero
19-Nov 06:27 am|
Los alardes de triunfo del ministro de Finanzas y Planificación son más una confesión de impotencia que un canto de victoria

Balancín de petróleo trabaja | Reuters
Con bombos y platillos el ministro Jorge Giordani ha anunciado que ya no estamos en recesión porque, según las cifras oficiales del Banco Central de Venezuela, en el último trimestre se registró un crecimiento de 4,2%, lo que realmente significa apenas un aumento del PIB de 3,8% en lo que va del año, después de sufrir nueve trimestres seguidos de profunda recesión.
Este desempeño, si alguien ingenuo se lo cree, se da como resultado de unos precios petroleros altísimos que se mueven alrededor de los 100 dólares por barril. En otras épocas, un incremento del precio del crudo como el que ha ocurrido en los dos últimos años tuviera a los venezolanos en una bonanza que rondaría en un crecimiento del producto interno bruto de, aproximadamente, 10%. Estaríamos de nuevo en la no del todo deseable situación de la Venezuela saudita, viajando a Miami a comprar de todo.
Ahora esas extraordinariamente favorables condiciones sólo nos aseguran el dejar de hacer el ridículo. Actúan como el viagra en los galanes otoñales. Permiten funcionar pero no logran impresionar o hacer proezas. Entre otras razones porque no se pueden aprovechar los altos precios debido a que se ha perdido la capacidad de producción. Como lo demuestra el hecho de que el producto petrolero aumentó en sólo 0,3% y no se puede siquiera cubrir decentemente la cuota asignada por la OPEP. Se cumple, pero poquito y dejando el pelero.
De manera que los alardes de triunfo del ministro de Finanzas y Planificación son más una confesión de impotencia que un canto de victoria. Con estos precios petroleros deberíamos estar en Jauja, sin inflación ni desabastecimiento. Debiera haber pleno empleo y, en condiciones normales, la inversión estuviera creando más y propulsando industrias nuevas; el campo estaría floreciendo para asegurar la autosuficiencia alimentaria y disminuir las importaciones de alimentos que nos hacen dependientes del capitalismo mundial y socavan nuestra independencia. Y, por supuesto, no estaríamos aumentando la deuda.
Pero lamentablemente seguimos siendo una economía convaleciente. Con mejorías ocasionales surgidas de hechos fortuitos que evitan un fatal desenlace. Pero sin bases firmes o condiciones sanas que nos permitan avanzar a paso firme o aprovechar las extraordinarias circunstancias favorables que significan los boyantes mercados petroleros.
Nos queda el consuelo del pobre como el de alegar que pudiéramos estar peor. De que hemos evitado una situación que nos tenía al borde del desprestigio y del abismo.
Para ello se ha podido aprovechar un verano de altos precios petroleros y se ha debido recurrir a un creciente endeudamiento, una especie de viagra financiero, que disimula la decadencia de una economía que cada vez es más impotente para satisfacer las necesidades de los venezolanos y para conjurar los males de la inflación, el desempleo y el desabastecimiento que plagan su vida diaria.