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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Zbigniew Herbert (y 3)

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Como si hubiese sido llamado a testificar en el juicio a los templarios. Su “Defensa de los templarios” se inicia con esta fórmula: ¡Señorías! Pero esta humorada no tiene consecuencias: el amante de temas casi olvidados –Lascaux, los cátaros, la historia oculta de Siena, Il Duomo–, en pleno ejercicio de sus facultades narrativas, Zbigniew Herbert (Polonia, 1924-1998) nos conduce al mundo perdido, al mundo aniquilado de los templarios (el ensayo forma parte de esa colección insustituible que es Un bárbaro en el jardín, Editorial El Acantilado, España, 2010).

Páginas de abundancia: para quien, como yo, no ha leído nunca antes nada sobre los templarios, la información desborda por los cuatro costados. Herbert nos conduce al año de 1099, cuando los cruzados alcanzan a conquistar Jerusalén y fundan el Reino. Comienzan las peregrinaciones. Entonces aparecen bandoleros de camino que asaltan a los cristianos. Hugo de Payns, caballero francés que había nacido en 1070, crea la Orden del Temple, junto a ocho pares. Se proponen defender a los devotos. Balduino I les entrega un lugar para vivir. Son hombres inmersos en la austeridad y el rigor: ni mujeres ni hijos. Bernardo de Claraval (1090-1153), operador indispensable de la Iglesia de su tiempo, escribió: “Ni una palabra insolente, ni una obra inútil, ni una risa inmoderada, ni la más leve murmuración, ni el ruido más remiso queda sin represión en cuanto es descubierto”.

La Orden del Temple se articulaba y fortalecía. En 1129 el Concilio de Troyes estableció la regla de los Templarios. Años más tarde se han convertido en un conglomerado financiero, uno de los más poderosos de su tiempo. El rey de Jerusalén, los monarcas de Inglaterra y Francia, y decenas de aristócratas de distintas partes de Europa, mantenían deudas con la Orden. Banqueros-monjes y monjes-caballeros: su fama como combatientes se extendía en el mundo de aquellos tiempos. Una fuerza militar: los combatientes llegaron a ser más de 10.000. Les reconocían como virtuosos.

No pudieron evitarlo, dado su poder real y su prestigio: se vieron empujados a la política, involucrados en enrevesadas luchas religiosas, económicas y militares. Con la destreza del mejor novelista, Herbert desagrega en hilos comprensibles la madeja de los sangrientos enfrentamientos que tenían lugar entre los distintos centros de poder. Los templarios comenzaron a tener enemigos aquí y allá: eran demasiado autónomos. Aparecieron las denuncias. En una operación policial de antología, miles de sus integrantes fueron detenidos una noche. El 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay y Geoffroy de Charney, en ese momento los líderes visibles de la Orden del Templo, fueron conducidos a la hoguera: la aniquilación quedó consumada.