• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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El doble genocidio del pueblo armenio

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La operación que había sido diseñada por el alto mando del partido Progreso y Unión el año anterior, con total minuciosidad, se inició la noche del sábado 24 de abril de 1915. Los buscaron en sus casas. En 2 días, entre 2.500 y 3.000 líderes de la comunidad armenia de Constantinopla fueron detenidos y desaparecidos. La redada tenía un claro objetivo: liquidar al liderazgo del pueblo armenio. Sacerdotes, periodistas, empresarios, docentes, profesionales, comerciantes y otros ciudadanos destacados fueron arrancados de su cotidianidad. El propósito se cumplió: la comunidad armenia quedó en estado de indefensión. El panturquismo despejó así el terreno. Hace un siglo se inició el primer genocidio del siglo XX.

Por más de un milenio, los armenios habían vivido bajo persecución, hostigamiento, asesinato. Apenas 6 años antes, en 1909, alrededor de 30.000 personas habían sido masacradas en Adana, Cilicia. A pesar de estos antecedentes, los armenios fueron sorprendidos. Más de 800.000 personas fueron liquidadas a tiros, gaseadas o acuchilladas. Más de 250.000 muertas durante marchas forzadas. Más de 500.000 murieron en campos de concentración. Más de 100.000 ahogados en el río Eúfrates. Todavía hoy no se sabe cuántos armenios fueron asesinados. Los cálculos más conservadores hablan de más de un millón y medio de personas.

Las pruebas y testimonios de sobrevivientes, testigos y militares que participaron en las masacres, han permitido establecer que el genocidio se consumó en cuatro etapas: la primera, como ya se dijo, que sometió a la élite armenia a una selecta cacería. La segunda, que se puso en movimiento a finales del mismo mes de abril, tuvo lugar en decenas de poblaciones en todo el país: los “Jóvenes Turcos” apresaban a los varones adultos, los conducían a las afueras, los torturaban y ejecutaban. Simultáneamente comienzan las deportaciones. La meta era lograr que al llegar el verano de 1915, solo quedaran con vida, niños, mujeres y ancianos.

Tercera etapa: deportaciones masivas. Bebés en brazos de sus madres, niños indefensos, enfermos expulsados de los hospitales, ancianos sin fuerzas, madres y abuelas en estado de desesperación, fueron embutidos en convoyes, conducidos a inenarrables escenas de fusilamiento, acuchillamiento, violación de niñas y mujeres, muertes por sed o inanición. Se gasearon niños en las escuelas. Sus cadáveres, lanzados al mar del Norte. Se inventaron métodos para matar en condiciones de atrocidad: se escogían parejas a las que se anudaba, espalda con espalda, por sus respectivas muñecas: luego las lanzaban al mar. La cuarta etapa: volvieron a peinar las zonas y la búsqueda se extendió a los más remotos poblados de Anatolia. Esta era la meta: que ni un armenio quedase vivo sobre la faz de la tierra.

Hitler admiraba la persistencia negadora de la dirigencia turca. El 22 de agosto de 1939, dijo: “¿Quién habla hoy del exterminio de los armenios?”. No hay lugar a dudas: se trató de un genocidio: se urdió un plan de exterminio a partir de supuestos históricos, ideológicos y racistas; se ejecutó sin piedad; se pretendió la destrucción de una cultura y una lengua; se puso en funcionamiento una maquinaria para aniquilar a un pueblo. La pregunta tantas veces formulada por el escritor turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura de 2006, es una pregunta que compete a los ciudadanos del mundo: ¿Hasta cuándo se prolongará el doble genocidio del pueblo armenio, el aniquilamiento real y el aniquilamiento de la memoria de las víctimas?