• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Nelson Rivera

SANA

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He escogido separarme hoy de mi rutina de los lunes, la de ordenar unas breves notas de lecturas, porque me siento impelido a cumplir lo que entiendo como un deber de mi ánimo: usar este espacio de privilegio para hablar de SANA, sigla de la Sociedad de Amigos y Ancianos.

Me invitó Graciela Zubillaga a visitar el lugar donde está ubicado el corazón operativo de SANA. Fuimos un día cualquiera, de una mañana cualquiera, hace unos tres meses. Nada anunciaba que allí, en un rincón caótico y desarticulado de la ciudad, en la avenida Guaicaipuro de San Bernardino, en un edificio de vocación improbable, tiene lugar día a día, entrega que no conoce sosiego ni descanso, una experiencia casi indecible, que debe ser una de las más exigentes que la vida reserva a la condición humana: la de acoger a niños afectados por el cáncer, y a sus familiares.

Pasa esto: se sube por las escaleras. Al llegar al nivel que ocupa SANA, el poderío de la ciudad enloquecida queda atrás, como si se ingresara a otro tiempo. Una luz recatada, un silencio que se desprende de las cosas que se han conseguido con mucho esfuerzo, un aire de austeridad, esos son los espíritus que recorren los dos pasillos, a la izquierda y a la derecha del descansillo, donde están distribuidas las once habitaciones que acogen a los sufrientes.

Sufrientes: porque eso son esos niños expuestos a tratamientos de quimioterapia y radioterapia. Sufrientes: porque eso son los familiares que los acompañan, provenientes de distintas partes de Venezuela: seres que esperan, seres que padecen, seres que respiran en ese lugar donde la vida se mide con la muerte.

A esas familias pobres que llegan a Caracas en búsqueda de ayuda médica, a esas familias con sus criaturas enfermas, a esa gente que llega con las esperanzas en el límite, SANA hospeda, alimenta y presta un apoyo cuyo valor no me atrevo a calificar. Y no me atrevo a calificarlo porque se trata de una obra que a diario cruza la frontera de lo profesional para ingresar en esa dimensión de lo sagrado que es el cuidado de la vida de otros.

Diez años cumple esta obra ética, silenciosa e incomparable. Miro a los ojos de Graciela Zubillaga porque quisiera descifrar de dónde viene la energía que la impulsó a tomar y a mantenerse en este camino. Cada vez que recuerdo su empeño, como ahora mismo frente a la pantalla de mi máquina, siento algo que es, a un mismo tiempo, aflicción y alegría, una tristeza honda mezclada con una esperanza también honda. Y escribo porque ella se ha propuesto construir un hospedaje más amplio. Y me digo, respetable lector, que usted y yo deberíamos pensar cómo contribuimos con este propósito que es oficio y es fe, ejercicio profesional y devoción: algo deberíamos hacer para que el nuevo hospedaje sea una pronta realidad.