• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Marguerite Yourcenar

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Comedimiento. Escritura que se ha impuesto a sí misma la contención, el sosiego: conciencia de que hay cosas de las que debe hablarse en voz inclinada y con el mayor sigilo. De forma especial si esa escritura es una carta. Nada perderá el lector (porque aquí no se trata de sorprender) si le adelanto la cuestión: Alexis Géra le escribe una extensa carta a su esposa Mónica para confesarle su condición homosexual (esto es revelador: a lo largo del centenar de páginas en las que cuenta su historia, no usa la palabra homosexual ni otra que lo sustantive).

Raimundo Lulio, filósofo, misionero y teólogo, aconsejaba evitar la confesión del pecado a quien no tiene conciencia del pecado. Más que confesarse, Alexis Géra tiene una aspiración distinta: a ser comprendido. Su carta es un esfuerzo por esclarecer su vida (“Si es difícil vivir, es aún más penoso explicar nuestra vida”), por exponer su historia, el marco vital de su posible pecado (“Cada uno de nosotros tiene su enfermedad particular al igual que su higiene o su salud y es difícil precisarla del todo”).

Marguerite Yourcenar tenía 24 años cuando publicó Alexis o el tratado del inútil combate (Editorial Alfaguara, España, 2014). Si la precocidad nos induce a la admiración, en este caso tiene sedimento: la carta es una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la lucha de un hombre con su propia experiencia. La tarea que Alexis se ha impuesto es la de mirar atrás y rendir cuentas, ante sí y ante Mónica.

El restablecimiento de la verdad obliga a separar lo que tanto cuesta: la comprensión de la compasión, el silencio necesario de la vergüenza, la amargura de la tristeza acumulada por capas a lo largo del tiempo. Si el título de la novela anuncia una reflexión sobre la impotencia de Alexis para superar lo que él llama sus instintos, en ella confluyen otros tratados: uno, sobre el transcurrir casi insonoro de la tristeza; otro sobre los límites entre el placer y la renuncia; otro, el mejor logrado, sobre “el habla necesaria”, es decir, la escogencia de una lengua y de un tono (“las palabras siempre rompen algo”) que aproximen al otro al entendimiento de cuanto se le revela.

“Yo paseaba por el campo, por un camino bordeado de árboles. Todo estaba silencioso como si todo se escuchara vivir; mis pensamientos, te lo aseguro, no eran menos inocentes que aquel día que comenzaba. Por lo menos, no puedo recordar ningún pensamiento que no fuera inocente porque, cuando dejaron de serlo, ya no podía controlarlos. En este momento en que parezco alejarme de la naturaleza, tengo que alabarla por estar presente en todo en forma de necesidad. La fruta solo cae a su hora, aunque su peso la arrastrara desde hacía tiempo hacia el suelo: la fatalidad solo es esa maduración íntima”.