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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: William Faulkner

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Aproximadamente ocho semanas: entre el 25 de octubre y el 29 de diciembre de 1929, William Faulkner escribió Mientras agonizo, su cuarta novela. Entonces trabajaba como bombero y vigilante nocturno en la Universidad de Mississippi. En las noches, rodeado de silencio, Faulkner escribía a mano su obra maestra, que sería publicada en octubre de 1930, en una edición que entonces circuló con errores. Faulkner obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1949. Pero habría que esperar hasta 1984, hace apenas treinta años, para que fuese generada una edición que partiera de las galeradas corregidas por el propio Faulkner (en español se corresponde a la edición de la editorial Anagrama, traducida por Jesús Zulaika): esta es la versión que ahora se tiene como definitiva.

Mientras agonizo cuenta la historia de una familia, los Bundren, sacudidos por la muerte de la madre. Una antigua promesa que el padre le ha hecho a su mujer los obliga a emprender un viaje de tintes heroicos: trasladar el féretro con el cadáver de Addie Bundren sobre una carreta de mulas, hasta Jefferson, la ciudad donde ella nació. Los Bundren son pobres, habitantes de cierto primitivismo a veces temeroso de Dios, blancos de un mundo rural al borde de lo miserable. Padre, madre, cuatro hijos y una hija: seres atravesados por una compleja brutalidad, obsesivos que mastican pensamientos cargados de secretos egoísmos, pero que no se consumen allí, articulados sobre un espeso fondo religioso.

En la novela hablan los miembros de la familia, algunos vecinos y figuras como un médico y un sacerdote: 15 voces que, bajo el afán experimentador de Faulkner, se expresan a través del recurso del monólogo. De allí surge la múltiple riqueza de la narración: los pensamientos de cada quien pueden coincidir con los hechos (no siempre), pero no en la interpretación que se hacen de esos mismos hechos. Mientras agonizo no le ofrece al lector la comodidad de una verdad final o de una conclusión o de un narrador que conduzca la historia. En la medida en que las voces se suceden y los personajes adquieren su carácter y autonomía, la experiencia lectora se torna inquietante: cada voz añade un matiz, una variante, alguna contradicción, un punto de vista expresado desde otra condición, que convierte todo ese pequeño universo cerrado y turbio en una exasperante metáfora de los menesteres humanos.

Del único monólogo (una aparición sorpresiva en el fluido de Mientras agonizo) de Addie Bundren, estas sugerentes líneas: “Y cuando supe que estaba encinta de Cash, supe que la vida era terrible y que esa era la respuesta a las preguntas al respecto. Fue entonces cuando aprendí que las palabras no sirven para nada; que las palabras no se ajustan nunca a lo que tratan de decir”.