• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Stephen Dunn

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Una posibilidad: que la cotidianidad sea no más que el ámbito de la realidad ordinaria, al que las artes del poeta logran extraer una luz, partículas de brillo: como quien golpea dos piedras inertes entre sí y obtiene de ello un nítido chispazo. Otra: Que en la disposición corriente de las cosas haya-siempre-algo-más-que-descubrir, evidencias que ciertas personas sensibles logran entrever y, todavía más, nombrar: ese es, me parece, el Stephen Dunn de En otro momento, libro que el año 2001 obtuvo el Premio Pulitzer (ha sido publicado por la Editorial Delirio, España, 2013).

El mundo desde el que Dunn (Nueva York, 1939) nos habla, es el de la clase media norteamericana. A su alrededor, una sensación de fragilidad, un inasible anuncio de lo que podría extinguirse, la fugacidad de lo que resiste a ser fijado. Los cinco primeros versos del poema titulado “Evanescencia”: “La silueta de una montaña. Sobre ella / una oscura aureola de lluvia. La luz del atardecer / se extingue, se resiste. Cree haber visto / algún visible rastro de algo ausente. / Sabe que no va a hablar de ello, que no puede”.

“Lo monstruoso domesticado” se aloja en los rincones de la vida corriente. Vivir es encontrar un punto entre resistencia y resignación, entre simulación y verdad. Entre los dos extremos, la compasión con que el hombre se observa a sí mismo y da cuenta de cuanto lo rodea. Solo la mirada compasiva se atreve a celebrar lo que sucede, el devenir de lo repetido, lo probable, lo conocido. Solo el compasivo puede sonreír ante el espejo cuando constata su insuficiencia, asediado por las exigencias del mundo a su alrededor.

La voz de Dunn observa. Anota el paso del tiempo. No elude lo craso, lo que apremia: la hipoteca, la estación de autobuses, el vaso enorme de Glenfiddish, el centro comercial de Hamilton. El sujeto lo es porque se acepta contingente, vulnerable, falible. No hay garantías, nada hay que no pueda sorprendernos. Dunn no propone: es una poesía que testifica, pero que no ofrece un programa. La sensación que se acumula es de silenciosa gratitud, aunque haya momentos en que no tengamos más alternativa que escapar y levantar la bandera de la rendición. Dice el fragmento final de “Hasta este momento”: “Nunca he sido de esos / que se sienten moribundos en otoño. / Nunca me traigo a casa el paisaje. / Pero cada vez más y más / simplemente entra, hace presión, / encuentra correlativos en mí. /La luna brilla en este momento / a través del ventanal. / En el mundo en el que no puedo evitar / residir, parece / que los fríos y los justos / no son menos peligrosos / que los furiosos, que los dementes. / Por todas partes, un error / conduciéndonos a otro error. / Por todas partes, los justificados”.