• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Simón Critchley

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Montar y desmontar argumentos. Someter, a unos y a otros, a múltiples pruebas de razonamiento. Tanto a quienes defienden el posible derecho al suicidio como a quienes se oponen. El método escogido por Critchley viene a decir: nada es obvio, tajante, definitivo ni último, si se trata de pensar el suicidio. Todo lo que se afirme puede ser negado, contrarrestado. Alcanzar una conclusión quizás no sea posible. El suicidio podría ser el hito donde confluye la problemática de lo humano, el dato que nos distingue del resto de los seres vivos (Apuntes sobre el suicidio. Ediciones Alpha Decay, España, 2016).

Desde la Antigüedad ha sido cuestión controvertida: Platón, al tiempo que lo consideraba una deshonra, previó excepciones como la de Sócrates, con lo cual unió para siempre el suicidio con el acto de filosofar. Los estoicos reaccionaron: la vida humana es tan breve que no debe afligirnos. La relativa tolerancia de los antiguos ante el suicidio cambió con la propagación del cristianismo. La vida sería algo que recibimos para usar y luchar, pero sin derecho de gobernarla, que es privilegio exclusivo de Dios. Si un hombre puede suicidarse, ello puede figurarse como un acto de rebeldía contra Dios. A lo largo del tiempo, hay quien ha establecido una equivalencia entre suicidio y asesinato. El suicidio no solo ha sido considerado una usurpación, sino que ha habido lugares donde se han creado sanciones póstumas en contra de la familia o los hijos.

Después de varios siglos bajo ese pensamiento predominante, las cosas comenzaron a cambiar hacia comienzos del siglo XVII: la ciencia apuró su paso, como también la visión materialista de la naturaleza. El derecho a la muerte empezó a formularse de forma paulatina. John Donne, Alberto Radicati y David Hume, entre otros, lo proclamaron en sus escritos. En “Sobre el suicidio” (que fue incluido como apéndice en esta edición), de David Hume, se desarrolla una postura que todavía muchos esgrimen: solo un Dios malévolo despojaría a una persona que sufre un dolor insoportable de forma permanente del derecho de quitarse la vida. Por otra parte, si la vida es un don que Dios ha concedido, ¿en qué sentido es un don si no puede disponerse del mismo? Si es un don, quien lo recibe debe hacerlo sin suscribir compromiso alguno. La prohibición cristiana del suicidio coloca el análisis ante una dificultad mayor, cuando se lo relaciona con los mártires: ¿entregar la vida por la fe, sí legitima o autoriza a morir? Critchley revisa el campo minado de contradicciones que abunda en la prohibición del suicidio.

Lo contrario, la afirmación del derecho al suicidio, también es sometida a pruebas. “Si afirmo que tengo el derecho de suicidarme, el derecho de decidir sobre mi propia muerte, entonces la premisa mayor de dicha afirmación es que disfruto de un total dominio, propiedad y soberanía sobre mi propia persona. Se concibe así la relación con uno mismo por analogía con la relación que mantenemos con nuestras pertenencias, como un ordenador o un frigorífico”. En el nudo de la idea de que uno es propietario de su vida está la pregunta de si ello nos autoriza a acabar con ella. Lo que nos conduce a otro debate: el de si derecho y suicidio son o no compatibles. Todo ello sin agregar otras cuestiones como el sufrimiento de los deudos que el suicidio provoca (o al revés, si el dolor de los demás es suficiente razón para mantener la vida, a quien sufre de forma extrema). Critchley recuerda que la decisión de quitarse la vida a menudo es considerada irracional. Y recuerda aquella especie de terrible paradoja de Blanchot: luego de tomar la decisión de morir, cuando el suicida salta al vacío con la soga atada al cuello, lo único que experimenta es la soga en el cuello, es decir, una atadura con la existencia que decidió dejar atrás.

El mayor aporte a esta turbulenta cuestión está, me parece, en el relato que Critchley hace de una experiencia de taller que dirigió en 2013, donde se pedía a los participantes que escribieran notas de suicidio. El resultado, contrastado con notas que han dejado suicidas reales, es revelador: el suicida que escribe siempre se dirige a alguien. La suya, siendo final, es una comunicación. No quiere morir solo, sino que lo hace en la compañía simbólica del o los destinatarios de su correspondencia. En cierto modo, la nota convierte el suicidio en un hecho público que, en algunos casos, adquiere las formas de un “exhibicionismo premeditado” (Critchley recuerda a cierto tipo de melancólico que se convierte en propagandista constante de su melancolía).

La tesis de Freud, según la cual la autodevoción narcisista del yo se trastoca en odio a sí mismo (“el yo solo puede darse muerte si en virtud del retroceso de la investidura de objeto puede tratarse a sí mismo como un objeto”). En teoría, si a quien damos muerte es a un objeto, entonces el suicidio es, en rigor lógico, imposible.

La nota de suicidio puede operar de muchas formas: ratificar que el suicida se figura a sí mismo como un objeto; mostrar un complejo estado donde amor y odio luchan a muerte (“Querida Betty: Te odio. Con todo mi amor, George”); dejar en claro que quitarse la vida es un modo de vengarse; o declara que determinadas circunstancias sobre la vida de una persona imponen el suicidio (porque no hay alternativas). También, en el caso de estos documentos de lo excepcional que son las notas de suicidio, se hace evidente la compleja relación del suicida con la responsabilidad. Si atribuimos el suicidio por causa explícita, los deudos están más dispuestos a aceptarlo (el suicida como alguien que se vio obligado); lo contrario, cuando es inexplicable, por lo general, además de los inevitables reproches, genera un sufrimiento en los deudos que tiende a prolongarse en el tiempo. Y es que el suicidio se proyecta hacia el pasado y hacia el futuro: una vez cumplido, la vida entera del suicida y la de sus familiares inmediatos quedan bajo el prisma del acontecimiento.  Asociado a esto, en tanto que corta la proyección de la vida, instala la cuestión de lo que pudo haber sido, lo que añade nuevas capas al dolor de los deudos.

El 20 de febrero de 2005 Hunter S. Thompson acabó con su vida disparándose un tiro. Cuatro días antes había escrito: “La temporada de fútbol americano se ha terminado. No más partidos. No más bombas. No más paseos. No más diversión. No más nadar. 67. 17 años más de los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre ando cabreado. Un pelmazo para todo el mundo. 67, te estás volviendo avaricioso. Compórtate según tu avanzada edad. Relájate. No te va a doler”. Que Critchley la reproduzca se debe a esto: No hay superioridad moral, ni deseos de venganza, ni exhibicionismo, ni queja. La de Thompson es una nota de suicidio excepcional, porque se trata de una conversación consigo mismo.

Y es aquí donde me resulta posible caminar hacia el final de este comentario: Cioran decía: solo el suicidio salva. Critchley concluya lo contrario: no salva de nada. Y hacia el final del libro escribe: “Cuando la vida se detenga aquí y nos enfrentemos al interminable, cambiante e indiferente mar pardo y gris, cuando nos abramos ante esa indiferencia, con ternura, sin languidecer, sin compadecernos de nosotros mismos, quejarnos o esperar recompensas o premios rutilantes, entonces quizás nos hayamos convertido, durante ese solo instante, en algo que ha resistido y seguirá haciéndolo, en alguien que puede hallar cierto grado de autosuficiencia: aquí y ahora”.