• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Robert Graves

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Robert Graves y su mujer estaban haciendo tareas domésticas (tender la cama) cuando, como un flechazo, él le dijo a su mujer: “Milton debió ser un fetichista del cabello”. De ese fogonazo surgió Una esposa para el señor Milton, que califica como su mejor novela. Lo que siguió es la conocida rutina de Graves (1895-1985): estudió todo cuanto le fue posible la vida y obra de Milton, hasta que sintió que conocía suficientemente al hombre para convertirlo en uno de sus personajes, tal como procedió con Claudio (Yo, Claudio), Jesucristo (El Rey Jesús) o Flavio Belisario, el líder militar que guió la expansión del Imperio Bizantino bajo el reinado de Justiniano I, que inmortalizó en El Conde Belisario.

Librillo este. Librillo irregular. Pequeña trampa cazabobos: y es que quienes amamos los libros, a menudo hacemos patente nuestra fragilidad, y caemos en las celadas que con puntilloso talento urden algunos editores. A la pregunta de si existen editores inescrupulosos contestaré que inescrupulosos somos algunos lectores (me incluyo en esta categoría), incapaces a veces de resistir la tentación de adquirir un libro sin cumplir con una mínima revisión del objeto, persuadidos de que entre sus páginas algo encontraremos: una imagen, una anécdota reveladora, una idea.

Conversaciones con Robert Graves. Con los pies en el aire (Confluencias Editorial, España, 2015), es un inconsistente mosaico, anecdotario apenas salvable (como la que abre estas líneas). Lo componen siete textos breves: Un retrato de Graves escrito por Peter Quenell; un fragmento, cargado de desdén, del diario de Virginia Wolf (“No, no creo que llegue a escribir una gran poesía, pero ¿qué quieren? Los sensibles también son necesarios, los medios hechos, los balbuceantes, qué quizás consigan un puesto en Oxford”); un diálogo (no sé qué decir de esta fruslería) que el poeta mantuvo en 1963 con la actriz Gina Lollobrigida; tres notas que Juan Bonet rescata en 1969, de un encuentro que había tenido lugar años atrás (Graves dice allí que Yo, Claudio no es su libro preferido, sino sus estudios históricos); una entrevista (un buen momento del libro, pedacito que resiste a la decepción plena) que le hacen en 1969, Peter Buckman y William Fifield para The Paris Review, que muestra al erudito gozoso en su papel de hombre corriente; Otro retrato, pieza cuidada que James Reeves publicó en 1975 (“Como poeta y hombre, uno de sus mejores dones es el de la concentración, una completa exclusión de toda distracción exterior que pueda romper el trance donde habita el problema que habita en su mente”); y, para cerrar, el impecable “Graves en Deiá”, que Jorge Luis Borges publicó en agosto de 1985, necrológica que apareció cuatro meses antes del fallecimiento de Graves, que finalmente ocurrió en diciembre de aquel año.

Recado a los lectores-cordero: debemos cuidarnos unos a otros; avisarnos; inventar un código que nos proteja de los editores-lobo, esa fauna.