• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Remo Bodei

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Pequeño libro inclasificable, de sorpresiva secuencia: la primera parte se interna en las tendencias demográfico-mentales de la actualidad; la segunda examina los vínculos entre las generaciones (la trama entre unas y otras); la tercera, la cuestión de la herencia y las bases del desempeño material que predominan en nuestro tiempo. Ensayo asociado conceptualmente a otros dos previos del mismo Bodei: Imaginar otras vidas, tratado filosófico sobre esa aspiración humana que consiste en proyectar, en formular aspiraciones; y La vida de las cosas, madurada reflexión sobre nuestras relaciones con el mundo material más inmediato (cuando comenté ese libro, escribí: “El descubrimiento de las cosas constituye una victoria en contra de la obviedad”). Este, concebido como un tríptico, se llama Generaciones. Edad de la vida, edad de las cosas (Editorial Herder, España, 2016).

Bodei recuerda que han existido otras clasificaciones: cuatro, seis y hasta ocho fases, aunque escoge la de juventud, madurez y vejez, que proviene de Aristóteles. Antes y después de la plenitud –el mediodía de la vida–, la simetría inversa de la juventud y la vejez: mientras el futuro se presenta abundante para los primeros, para los viejos se experimenta como hemorragia: la vida es algo que se pierde hora a hora. El paso del tiempo no solo cambia las expectativas, también cambia nuestros juicios. Durkheim advirtió que la civilización debilita el respeto por los viejos. En 1881 Théodule Ribot enunció lo que conocemos como Ley Ribot: Los recuerdos antiguos se conservan mejor que los recientes.

Durante el siglo XVII esta partición en tres comienza a cambiar: el niño se distingue del joven. A medida que el período de la infancia se alarga (lo que equivale a retrasar el momento de incorporación al trabajo), también se alargan la adolescencia y la juventud: la llegada de la madurez se retrasa, mientras la vejez se prolonga con el crecimiento de las expectativas de vida: aparecen en la sociedad conductas como si la vejez no existiera, mientras aumenta la prevalencia de enfermedades incapacitantes como los síndromes de Alzheimer o de Pick. Envejecer se ha vuelto doloroso e incierto. “A falta de arraigadas convicciones religiosas, metafísicas o ideológicas, ante la triste constatación de que todo proyecto de vida es esencialmente insaturado, inconcluso e imposible de concluir, la muerte les parece todavía más absurda. La perspectiva de experimentar la ‘soledad del moribundo’ –morir en una clínica o en una residencia de ancianos, y no rodeado de los familiares, los amigos y los vecinos– hace que la vejez se contemple de una forma más dramática aún”.

 

El estrechamiento de la madurez

Al auge de niños, jóvenes y ancianos se corresponde el deterioro simbólico y real de la mediana edad. Dante señalaba los 35 años como el punto medio del camino de la vida. Aristóteles estableció dos criterios: la madurez física a los 35, la madurez del alma a los 49.

El vínculo entre las generaciones no ha sido siempre solidario: las instituciones, desde Grecia a nuestro tiempo, han debido establecer leyes y acciones para hacer posible el apoyo a la enfermedad y la pérdida de facultades entre los viejos. De hecho Aristóteles sostenía que los 35 años era la edad en que los hijos debían comenzar a devolver a sus padres lo que habían recibido de ellos. Habrá que esperar hasta el siglo XIX, cuando Bismark en Alemania, a partir de 1884 establezca los seguros de enfermedad y vejez, y hasta 1935, cuando en Estados Unidos se crea la Social Security Act, el Estado Social, ahora mismo en el centro del debate y de la tormenta económica mundial, asolado por diversos desequilibrios, entre ellos, el del consumismo.

Con cautela, Bodei señala: solo el camino de la moderación nos reconciliará con las distintas etapas del vivir. En los valores inmateriales se esconden formas de felicidad. La vida asumida como la práctica constante de comprar y consumir, no tiene fin, salvo este: el de un vacío que se hace cada vez más ancho y profundo.

 

La sucesión de las generaciones

Habría sido Tácito quien fijó el intervalo entre una generación y la siguiente, en quince años. Bodei: “Situándose en la intersección entre biografía e historia, participan junto con sus coetáneos, de hechos históricos compartidos de forma bastante similar y, por tanto, diferente de las otras tres o cuatro generaciones que son contemporáneas”. En síntesis: cada generación comparte experiencias, narraciones, ciertos acontecimientos y un léxico específico. Ernst Bloch habría llamado la atención con respecto al desequilibrio existente entre quienes comparten el mismo tiempo cronológico –personas pertenecientes a distintas generaciones– pero no así el mismo tiempo histórico cultural. La distancia entre una generación y otra remite a las diferencias entre las experiencias. Eso explica que algunas generaciones, como la de los estudiantes argentinos de 1918, o la llamada del 68, se asuman como portadoras de una ruptura, muy distintas a la caracterología que es el signo de las generaciones bautizadas como X, Baby boomers, Golf, Shampoo o Generation Me, entre otras, marcadas por el inquietante fenómeno del declive de la figura paterna (padres cada vez más ganados a actuar como coetáneos y no como padres), una estructura familiar cada vez más porosa, un papel cada vez más relevante de los abuelos en la manutención y la formación de los nietos (herencia, restitución de la memoria), así como el debilitamiento de la escuela como correaje de transmisión cultural.