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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Raymond Murray Schafer (1/4)

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El paisaje sonoro en el que vivimos se parece cada vez menos al que conocieron nuestros antepasados. La sonoridad en la que estamos inmersos (a menudo poblada por una extrema vulgaridad) guarda características que la hacen radicalmente distinta a sus precedentes. Esta sonoridad propia de nuestro tiempo porta además otro rasgo: con frecuencia es contaminante.

Raymond Murray Schafer (1933) es canadiense, compositor, autor de numerosos libros de análisis musical y autoridad mundial de la llamada Ecología Acústica. Comento aquí una lectura que me ha causado regocijo, por todo lo que ella tiene de novedoso: El paisaje sonoro y la afinación del mundo (Editorial Intermedio, España, 2013).

En las páginas de la Introducción, Murray Schafer traza algunos de los perfiles conceptuales que, más adelante, utilizará en su libro: qué entiende por diseño acústico; cuáles son los instrumentos (y las limitaciones) para notar el paisaje sonoro –la sonografía–; los elementos que conforman el paisaje sonoro: los sonidos tónicos, las señales sonoras y las marcas sonoras. Un recordatorio: “El ojo señala hacia afuera; el oído se pliega hacia el interior”.Antes de dormir, el sonido es el último vínculo que mantenemos con el mundo. Al despertar, el primero.

Ante la pregunta del sonido primigenio, se ofrece aquí una posible respuesta: las aguas del vientre materno, que se proyectan a gran escala en la infinita sonoridad de mares, océanos, ríos, lluvias y caídas del agua. Si la existencia humana es indisociable del agua, quizás ello explique la sensación de sonoridad esencial que sus sonidos nos producen.

Su recorrido parte de recapitular los que deben haber sido los sonidos predominantes en otros tiempos: el viento, pero también, cuando este cruza los pasillos abovedados del bosque; los innumerables sonidos de la naturaleza: por ejemplo, la corpulencia sonora que se produce durante el desplome de un árbol; el de la caída de la nieve, en aquellos lugares del planeta donde ello ocurre (Murray Schafer encontró en un glosario inglés 154 palabras para nombrar la nieve y el hielo); o el de las grandes convulsiones de la naturaleza (hay testimonios que demuestran que la explosión del volcán Krakatoa, en agosto de 1883, fue escuchada a 4.000 kilómetros de allí).

La conversación y el canto de los pájaros; las vocalizaciones de animales terrestres y marinos; el vínculo entre los sonidos que emiten algunos insectos y la exasperación que nos producen sus zumbidos; los desgarradores sonidos que producen algunos animales bajo ciertas condiciones: todos ellos forman parte de un paisaje sonoro que todavía tiene en nosotros, cuando menos, la forma de la reminiscencia. De hecho, hay quienes sostienen que las onomatopeyas son proyecciones de ese paisaje sonoro primordial.