• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Pietro Citati

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:


Hay un arte de la enumeración: lento paladear de lo que se acumula. Una estética de la prodigalidad. Una lengua del acopio. Un entusiasmo asociado a los excesos que a veces se concentran en un hombre: riquezas de distinto origen, bienes heredados o conquistados. Beneficios que disputan la atención de su destinatario. La abundancia llama a la abundancia: de Plutarco a la argumentada biografía de Robin Lane Fox, la bibliografía sobre Alejandro Magno (356-323 a. C.) y su imperio es tan numerosa que podría constituir por sí misma, una poliédrica y exuberante biblioteca.

Pietri Citati (1930) es un estudioso de la prodigalidad: basta con recordar que ha escrito biografías de Tolstói, Kafka, Goethe y Leopardi. Es, si se me permite la frase, un experto en lo que se desborda. Los ensayos reunidos en La luz de la noche o su dispendioso Ulises y la Odisea, hablan de un lector hechizado ante el espectáculo de lo mucho, de lo magnificente. Su propia erudición, que ha sobrepasado los límites de la literatura occidental, sugiere el talante con que ha pensado, con que ha recapitulado su visión de Alejandro Magno (Gatopardo ediciones, España, 2015).

Ensayo-goce: ni estudio histórico, ni síntesis biográfica, ni aproximación cultural: Citati se interna en la dimensión más compleja, la de Alejandro como sujeto mítico y mitificado, predestinado en cierto modo (hijo de Filipo de Macedonia y de Olimpia de Epiro), pero también ungido que vivió con las figuras de Dioniso, Hércules, Aquiles y Ciro, pesándoles en la conciencia, en sus deseos, en sus supersticiones y intuiciones del mundo. “Vivir con tal peso de imágenes sobre los hombros era el deseo de su existencia: Alejandro logró realizarlo, y fue feliz, si es que esa palabra tiene algún sentido. Sin embargo, comprendió lo difícil y peligroso que es para un hombre tener tantas almas. En cada momento de su vida debía hacer coexistir en su interior los gestos y actos de Aquiles y los de Ciro, así como los sentimientos de Dioniso y los de Hércules, aunar los distintos modelos cuando cada uno de ellos pugnaba por manifestarse sin los otros o en contra de otros”.

Citati ofrece un Alejandro plausible, estructura una figuración narrable, a partir de fuentes antiguas (Aristóbulo, Calístenes, Clitarco, Onesícrito, Diódoro Sículo, Pompeyo Trogo, Quinto Curcio Rufo, Arriano, Estrabón, Plutarco, Ctesias, Herodoto, etcétera). Moldea al hombre-personaje y, a continuación, le sigue a través de las sucesivas conquistas territoriales (el Asia Menor, el Levante mediterráneo, Egipto, Mesopotamia y el Asia Central, y todavía ir más allá, hasta la India). A medida que el conquistador avanza y domina –su monarquía era itinerante–, reinos enteros se rinden a sus pies. La historia de Alejandro es la de la gloria sin límites. Sus intercambios ocurren en lo terrenal y en lo divino. Sus logros dan pie a gozosas enumeraciones de las riquezas que acumulaba y de las ofrendas que recibía. En las primeras páginas de su ensayo, Citati da cuenta de lo que llamaré las geografías mentales y simbólicas de Alejandro Magno: un asomo a la profusión de lugares en los que se le venera, que llevan su nombre o donde su figura ha sido apropiada y reinventada en ceremonias religiosas o de otro carácter.

Alejandro aparece como un devoto, ansioso lector de las señales de los dioses, cabeza indiscutida de una fuerza militar que reunía a soldados de numerosas lenguas. El mismo hombre que le negó a Darío III la posibilidad de discutir un acuerdo (en una carta le escribió: “Y de ahora en adelante, si me escribes, escríbeme como rey de Asia. No te dirijas a mí como a un igual. Si deseas algo, háblame como señor de todos tus bienes. De lo contrario, te trataré como un culpable para conmigo. Si, en cambio, reivindicas el reino, mantente firme, lucha por él y no huyas, porque yo iré detrás de ti dondequiera que estés”), fue celoso protector de la madre y de la esposa de éste, una vez que le hubo derrotado. 

Lo que hace indescifrable al vencedor magnánimo, es la faceta destructiva de su personalidad: ¿es posible que haya sido él quien provocó u ordenó quemar los palacios de Persépolis? ¿Qué clase de fuego interior hizo que durante una cena magnificente, atrapado por un ataque de ira, tomase una lanza y atravesase el cuerpo de Clito, uno de sus grandes amigos? “Ciudades tomadas por asalto, poblaciones masacradas, brahmanes ajusticiados, represiones, pactos incumplidos…..parecen revelarnos, detrás de la benévola máscara del vencedor de Darío, el rostro del conquistador más feroz”.

En la vida de Alejandro Magno está presente esta cuestión: quería continuar su viaje. No sentía nostalgia. Estaba atrapado en su necesidad de movimiento. No temía a la lógica de avanzar y dar la cara a nuevos enemigos. Quería ser distinto al resto de los hombres del mundo. Por eso hay historiadores que se han preguntado qué hubiese ocurrido si los motines de sus soldados –nostálgicos y cansados– no le hubiesen obligado a regresar: hasta dónde habría llegado su desafío a los límites.