• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Peter Mendelsund

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Si fuese condición incorporar este libro de Peter Mendelsund a una categoría, diré: un estudio sobre la representación. Su pregunta: ¿qué vemos –qué visualizamos en nuestra mente– cuando leemos? Si se quiere: una fenomenología del leer. Y agregaré: de leer, en su corriente principal, obras de ficción. La vocación, el tropismo de Mendelsund se inclina hacia lo narrativo, aunque sus conclusiones pudiesen extenderse hacia lo que nos representamos cuando leemos poesía, noticias o textos de pensamiento.

Imaginar la lectura como una secuencia, como si fuese una película, es asumir un falso presupuesto. Leer una novela se parece más a seguir el relato (por saltos) de un cómic: entre una escena y la siguiente, rellenamos la brecha. A medida que una historia avanza, nuestra imaginación cambia de lugar. Salta a otro punto, luego a otro, y así. Somos los lectores los que armamos la secuencia. Agregamos matices, formas, calidades a los enunciados del autor. Más: somos nosotros los que construimos, los que damos entidad a los personajes. Poco dicen los autores de sus ellos: unos pocos rasgos y no más. Por lo general son físicamente imprecisos. Las omisiones no se viven como tales: ellas nos activan. Enriquecen nuestro vínculo con el relato. Lo fundamental no son los rasgos sino las conductas. El cómo se comportan (“los personajes son un conjunto de reglas que determinan un desenlace específico”). Los adverbios resultan más determinantes que los adjetivos. Mientras leemos, más que ver, oímos. Leer es corregir, ajustar el retrato mental del personaje. Hasta que llega el punto en que tenemos la unidad-personaje. Una idea completa sobre quién es.

No leemos palabra por palabra, sino por grupos, por montones de palabras. El contexto se acumula. A medida que se avanza, imágenes y detalles pierden importancia: predomina el sentido, fruto de la acumulación. Nos encontramos con lo que, de forma precisa o aproximada, habíamos anticipado. Porque el lector tiene esta capacidad: anticiparse. En cada frase somos capaces de pensar en lo que viene. Nuestra mente hace una compleja operación: articula pasado, presente y futuro. Leer es descifrar lo que cada libro oculta. Es el “misterio narrativo” lo que nos impulsa a seguir leyendo.

 

Detalles versus nitidez

Así, una novela es un sistema de conocimiento. Una metodología: cuándo imaginar y en qué medida hacerlo. En toda novela hay una codificación, reglas. Para que la novela funcione, el lector debe disponer de capacidad de usar las reglas por su cuenta. La novela debe contener aplicabilidad, constituir un mundo inteligible.

Nabokov afirma que mientras mejor contextualizada y precisa sea una imagen, más evocativa es; por su parte, el autor de Qué vemos cuando leemos (Seix Barral, España, 2015) sostiene que la expresividad de las imágenes no aporta intensidad a la lectura, sino más comprensión. La suma de detalles a una descripción no se traduce en nitidez, “sin embargo, el nivel de detalle proporcionado por un escritor sí determina el tipo de experiencia que pueda llegar a tener un lector. Dicho de otro modo, las listas de atributos, en literatura, pueden poseer potencia retórica, pero carecen de potencia combinatoria”. Los detalles pueden volverse inatrapables. La repetición, como ocurre con la música, genera sentido: abre las puertas a lo no dicho.

La nuez: no vemos con los ojos sino con la mente. Allí procesamos el borrador, completamos lo que falta, le ponemos colores y hasta movimiento. Si el libro trae ilustraciones, ellas configuran lo que leemos. Pero en lo esencial, el lector es un coautor. “Cuando queremos cocrear, leemos”. Al leer agregamos nuestras experiencias, nuestra cotidianidad al relato: el aeropuerto, la calle, la habitación, son las que conocemos, no las que vio el autor. Al leer sobre algo en concreto, lo aislamos, lo separamos de la realidad, lo constituimos en un modelo. Aplanamos, reducimos las cuestiones más complejas. Nuestra visión de la singularidad es solo psicológica. Sin saberlo, hacemos uso del recurso metonímico llamado sinécdoque: un rasgo lo convertimos en expresión de todo. Lo otro: no imaginamos elementos o formas de la naturaleza, sino que las recordamos. Esos recuerdos son mímesis.  Captamos fragmentos, pedazos del mundo y, en nuestras mentes, les otorgamos unidad, continuidad, le damos forma de universo. Agregamos los elementos necesarios para que el relato funcione.

En ello está el quid de los buenos libros: nos estimulan a imaginar (un tema para pensar, apenas desarrollado por Mendelsund: los que preferimos leer, lo hacemos porque hemos escogido ver poco). Activamos nuestros sentimientos. A menudo ocurre esto: no queremos hechos, sino sentimientos. No queremos figuraciones, sino ideas, relaciones abstractas, como cuando escuchamos a Bach o a Bill Evans: “Es en esta combinatoria relacional, no figurativa, donde radica una parte de la belleza más profunda del arte. No en las imágenes mentales de las cosas, sino en el juego entre los elementos”.

Mendelsund recuerda la premisa de Italo Calvino: La distancia entre lenguaje e imagen es siempre la misma. La potencia de las palabras, de la imaginación, radica en su capacidad para liberar nuestra memoria. La ficción nos conecta con nuestro propio pasado. Ocurre lo que conocemos como sinestesia. Las sensaciones se superponen: “Vemos un sonido, oímos un color, olemos una imagen”. De allí proviene lo que nos pasa a muchos lectores: oímos los libros. Mientras leemos, algo parece hablarnos desde las páginas. La imaginación lectora tiene algo de fe.