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Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Luigi Zoja (1/2)

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Quien se entrega a las sospechas, toma el camino de la soledad. La sospecha no se detiene: se distancia de los hechos, salta por encima de la razón, instaura la desconfianza en todos los intercambios. El que vive de las conjeturas pierde el sentido de la medida. Se aísla e, inmerso de su soledad, “hace crecer el número y la importancia de sus enemigos”. Comento aquí Paranoia. La locura que hace historia (Fondo de Cultura Económica, México, 2013), magnético y sugerente estudio de Luigi Zoja (1943), psicoanalista y escritor italiano. 

En el paranoico la desconfianza es “autotrópica”: se autoalimenta. Ve contrincantes en todas partes. En su campo perceptivo se produce una inversión de los significados. Esto lo conocemos: detesta a quienes se ríen en sus proximidades. Se asume como sujeto burlado. En su fondo, su autoestima es precaria. Escribe Zoja: “El enemigo más atroz no es el que está armado de una espada, sino con una carcajada”. No vive entre iguales, sino entre enemigos. Hasta que es posible concluir que él es su propio enemigo.

El recorrido: Zoja revisa el Ayax de Sófocles y, después que ha sembrado el terreno, entra a considerar los aspectos clínicos de la enfermedad de la paranoia: una aviesa trama donde coinciden persecución, desconfianza, minuciosidad, grandeza y otros. Y aquí introduce una cuestión fundamental: la paranoia opera simultáneamente en los tableros de la razón y del delirio. Finge colaborar con la razón, sabe cómo justificarse, por lo tanto, tarda en hacerse visible. La paranoia se esconde detrás de lo plausible.

Uno de los meollos del paranoico: expulsar de sí toda responsabilidad. Y es justo ese rasgo, la posibilidad de eludir las responsabilidades y atribuir el mal a los demás (los enemigos, los conspiradores) es el vector que hace que la paranoia sea una posibilidad en todos nosotros.

Puesto que sufre –su soledad cada vez más endurecida; la sensación de que los demás se ríen de su existencia; su dolor acrecentado por su incapacidad de perdonar– el paranoico construye una percepción, una teoría del complot: ese complot es el que le permite justificar su aislamiento, pero también le evita la sensación de ser poca cosa, alguien no querido y no reconocido. En tanto que los demás, siempre numerosos, se confabulan en su contra, eso le reivindica, le hace sentir que tiene valor, que sus enemigos le reconocen. Por eso el paranoico se experimenta a sí mismo como acorralado. Y también: por eso sus enemigos crecen y las conspiraciones en su contra adquieren magnitudes estrambóticas. El núcleo delirante del paranoico se impone a los razonamientos. Ello explica que los argumentos, “las pruebas en su contra la alimentan en la forma de un círculo vicioso”.