• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Lorenzo Mondo

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Si nació en Santo Stefano, pueblo que no rebasaba los 5.000 habitantes, fue producto de una idea propia de aquellos años: que el aire del campo sería benévolo con la madre embarazada. El nacimiento se produjo el 9 de septiembre de 1908. Familia acomodada y de prédica conservadora, al poco tiempo regresan a Turín. Cesare Pavese volverá cada verano. Incluso en 1914 vivirá allí todo el año: la madre teme que María, la hermana mayor y más adelante columna fundamental del escritor, le contagie el tifus que padece. Tiene 6 años cuando el padre muere. Crece bajo los severos dictados de la madre.

Su carácter parece moldeado desde siempre: cerrado, reflexivo, a menudo vacilante, turbado ante la presencia de los demás. Decir que era un lector extraordinario parece en su caso insuficiente: se sumergía en los libros. Tuvo la fortuna de algún profesor magnífico. Escribía poemas. Y, como dice Lorenzo Mondo con tino, la capacidad de admirar se afirma como “un rasgo constitutivo de la personalidad humana y artística de Pavese” (leo Cesare Pavese. Aquel antiguo muchacho, Ediciones Sol de Ícaro, España, 2011).

Cesare se forma (se conforma) en años de revulsión y cambio. Ciudad y campo, pasado y futuro, igualdad y desigualdad, Víctor Hugo y Walt Whitman, toman lugar en su espíritu. Escribe en su diario: “La vida, la vida moderna de verdad, como la sueño y la temo yo, está en una gran ciudad, llena de bullicio, de fábricas, de edificios enormes, de multitudes y mujeres bonitas”.

Aquel antiguo muchacho no se ofrece como una biografía, sino como un ensayo que formula conexiones entre la vida cotidiana y la creación en Pavese. El contenido de los intercambios con los amigos (Norberto Bobbio, uno de ellos); las posiciones en circulación y debate (fue figura fundamental de la editorial Einaudi); las lecturas que se tornan en influyentes vectores (Pavese se convertirá en un traductor y activista de la literatura norteamericana, fanático de Melville y Hemingway), mientras escribe, de modo incesante, poemas y relatos.

Mondo hace sentir al lector el estado de cosas de cada momento, en interrelación con los vaivenes anímicos de Pavese. Sus repetidas frustraciones amorosas; las complejas relaciones que tuvo con la política y sus proyecciones ideológicas; la manera como su propia vida se proyecta en relatos y novelas; su reiterado trato con la idea de suicidio, hasta que finalmente ingiere alrededor de veinte sobres de un somnífero, en la habitación de un hotel en Turín, el 27 de agosto de 1950. Copio aquí las famosas siete palabras con que cerró su diario, El oficio de vivir: “Sin palabras. Un gesto. No escribiré más”. Dejaba a sus lectores un mensaje que ha resultado imborrable: que para Cesare Pavese vivir equivalía a escribir.