• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Julian Barnes

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Advierto de una vez, que El ruido del tiempo (Editorial Anagrama, España, 2016) no es exactamente una novela. Aunque contiene trazas de ficción, más a su medida –aunque tampoco definitivo–, posiblemente sea el traje de reportaje novelado.

Barnes, reputado autor de novelas como El loro de Flaubert y El sentido de un final, aborda la historia del compositor Dmitri Shostakóvich (1906-1975), señalado de forma insistente como un artista que abrazó la causa no tanto de la revolución rusa como del estalinismo. Como Máximo Gorki o Mijáil Sholojov, se le tiene como uno de los emblemas de un fenómeno en particular: el apoyo de un artista al régimen comunista, a pesar de que, en algún momento, Stalin cuestionó la estética vanguardista de Lady Macbeth de Mtsensk, ópera estrenada en enero de 1936. El ruido del tiempo tiene como tema el caso Shostakóvich.

El caso Shostakóvich: en ese infausto enero de 1926, el mismísimo Stalin asiste un día a una de las funciones de la ópera en cuestión. No se queda hasta el final: casi imperceptible, el monstruo omnipotente abandona la sala. Dos días después, Pravda, diario que concentra la vocería del poder estalinista, martilla al compositor. El editorial, titulado “Bulla en vez de música”, apretaba acusaciones estéticas (“gruñía, graznaba y resoplaba”), éticas (“es evidente que el compositor nunca ha considerado el problema de lo que el público soviético busca en la música y espera de ella”), y políticas (“es obvio el peligro que esta tendencia supone para la música soviética”). Shostakóvich teme morir o desaparecer. El artista se hunde en el miedo.

Barnes no juzga, sino que acompaña a Shostakóvich. Cuenta los hechos destacados, los vaivenes de un transcurrir atormentado por el miedo al poder. Se le intenta asociar a una conspiración, pero un hecho fortuito lo exime de volver al interrogatorio. El compositor se reivindica, pero la amenaza le acompaña como una sombra: para los comunistas hay errores que no se corrigen nunca. Un anuncio dice: “Hoy se celebrará un concierto de obras de Shostakóvich, el enemigo del pueblo”. Como todo estigmatizado, mirarse al espejo equivale a preguntarse cuánto miedo cabe en un hombre. Significa hastiarse de los propios temores.

Un día, el hombre introvertido que era Shostakóvich recibe una llamada de Stalin. Le arrincona: debe representar a su país en un congreso de artistas en Nueva York. Aquí está uno de los hitos de la narración: si Shostakóvich hubiese podido negarse o no, cuando su vida estaba en peligro. Viaja a Estados Unidos. Un instante antes de tomar la palabra, le entregan el discurso que debe leer: palabrerío que miente e infama, incluso a colegas suyos por los que siente admiración. Le han tendido una celada, en la que ha caído sin remedio.

Escrita con pulcritud, El ruido del tiempo nos conduce por el asedio, la vigilancia incesante, los procedimientos del estalinismo. A Shostakóvich lo convirtieron en miembro del Partido Comunista y, aunque fuese de modo nominal, le presionaron para que su nombre apareciese detentando cargos oficiales. Barnes se desplaza con moderación. No condena, tampoco libera. Actúa bajo parámetros de estricta corrección. Su respeto hacia el caso Shostakóvich es alto. Su comedimiento, pleno. A tal punto que narra como si fuese un reportaje biográfico: mantiene la imaginación bajo control. No alcanza a inventarse al hombre. No toma riesgos. Shostakóvich protagoniza, pero su alma permanece en la penumbra. En vez de darle forma a un personaje, Barnes ha escogido despertar nuestra compasión.