• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Nelson Rivera

Libros: Julian Barnes

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Once novelas, dos colecciones de relatos, un libro de memorias y otro dedicado a sus experiencias gastronómicas, todos traducidos a nuestra lengua, constituyen hasta ahora la parte más gruesa de la obra de Julian Barnes (Inglaterra, 1946). Una extensa lista de reconocimientos e importantes premios literarios le han aplaudido en la última década (en Francia se le ha designado Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres). La narración que acabo de leer, El sentido de un final (Editorial Anagrama, España, 2012) llega bajo el aura del Premio Man Booker.

Las primeras líneas de la novela, una breve lista de recuerdos y un modo de comenzar la historia, sugieren un fugaz homenaje al gran maestro de las listas, George Perec. Al finalizar esa corta enumeración, escribe Barnes: “Lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado”. El narrador se llama Tony Webster. Un hombre mayor que evoca los tiempos de juventud. Al trío de amigos del que Webster es parte en la escuela, se suma un cuarto personaje, mente brillante y personalidad inesperada, de nombre Adrian.

Adrian llega a la vida de estos jóvenes, como tantas veces ocurre en nuestra experiencia: un agente que perturba las emociones, que remueve los pensamientos cómodos, que, de forma abierta o soterrada, tiene la capacidad de generar inquietud entre sus amigos. Ese “algo” que porta en su personalidad no está a primera mano: hay algo opaco en la vida de Adrian, que se mezcla con su particularísimo modo de ver las cosas del mundo. Un irónico, un magnético, pero también alguien muy dotado para pensar la realidad con instrumentos poco convencionales.

Con el paso a la segunda parte, la narración da un salto al tiempo del narrador. Tony Webster, que lleva una vida solitaria y sin sobresaltos, se ve alcanzado otra vez por hechos de aquella juventud. Un día recibe una carta y un cheque que irrumpen en su tranquilidad. Su transcurrir se ve removido. En el punto donde Webster ha podido detenerse, decide seguir adelante. Hay un momento donde, casi sin percatarnos, El sentido de un final adquiere la cualidad de reflexionar sobre el hecho de envejecer. De existir entre la memoria y el tiempo presente.

“Alguien dijo una vez que sus momentos predilectos de la historia eran cuando las cosas se estaban derrumbando, porque eso significaba que algo nuevo estaba naciendo. ¿Esto tiene validez si lo aplicamos a nuestra vida individual? ¿Morir cuando algo nuevo está naciendo, aunque lo nuevo sea nuestro propio yo? Porque la madurez decepciona, del mismo modo que tarde o temprano decepcionan todos los cambios políticos e históricos. Lo mismo que la vida. A veces pienso que el sentido de la vida es menoscabarnos para que nos reconciliemos con su pérdida final”.