• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Joseph de Maistre

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La relación escarmienta: tirios, fenicios, cartagineses, cancaneos, los rituales de los aztecas: el sacrificador abría el pecho de la víctima y le arrancaba el corazón, que levantaba y lo mostraba a quienes presenciaban. La sangre se dejaba correr sobre la boca del ídolo. Los sacerdotes comían carne del sacrificado que, a menudo, era la de sus propios hijos. Documentos de la época señalan que hubo años en que alrededor de 20.000 personas morían en rituales de sacrificio. En Perú también sacrificaban seres humanos.

Los ejemplos que Joseph de Maistre (1753-1821) recapitula de las prácticas en la India abruman. Un informe gubernamental correspondiente a 1803 calcula que no menos de 30.000 mujeres morían en el fuego cada año, en modalidades de “sacrificios ordenados por la superstición”. Comentó aquí Tratado sobre los sacrificios, de Joseph de Maistre (Editorial Sexto Piso, España, 2009).

Decía Cioran que de Maistre fue un hombre dotado para polemizar sobre terrenos escarpados. Con dos o tres espadas en cada mano (así es como lo imagino) arremete contra el racionalismo antirreligioso de Voltaire, Hume, Condillac y otros, al tiempo que establece una línea tajante entre falsas religiones y la religión verdadera. Pero estos cortos e intensos duelos no deberían distraer al lector de algunas sustanciales cuestiones que de Maistre, formado por jesuitas, enuncia.

Que los hombres hayan imaginado a los dioses, no es producto del miedo, sino de la celebración de la vida. Pero, reconoce, el sacrificio se extendió entre los pueblos como la respuesta a la divinidad irritada. Junto a la celebración ha coexistido el sentimiento de terror. De culpa. Y esta culpabilidad se constituyó en el dogma de “las instituciones generales”. La línea divisoria entre cuerpo y alma, en sus interminables variantes (carne y espíritu, fortaleza y debilidad, deseo y desprendimiento, etcétera) ha contribuido a establecer el anatema de la carne y, más preciso aún, de la sangre, que es el principio de la vida.

Los egipcios habrían sido los precursores de la identidad entre sangre y vida y, en consecuencia, de la sangre como fuente de expiación. De Maistre recuerda una cuestión que ahora mismo ocupa al planeta: el desprecio, injuria o maltrato que distintas legislaciones antiguas formulan en contra de las mujeres. Y recuerda esto que es digno de un aforismo: es atributo del cobarde ser cruel con mucha frecuencia.

Expiar, sacrificar: de Maistre ensaya otra versión: su raíz debe estar enterrada en el trasfondo de lo humano. “Ni la razón ni la locura han podido inventar esta idea”. El sacrificio, además, ha estado asociado siempre al mecanismo de la sustitución: inocentes, enemigos, extranjeros, animales y otros, que ocupan el lugar del culpable. En vez de quemar la carne culpable se ha quemado la carne sustituta.

Dos sofismas lo han justificado: uno, que el sacrificio de una vida es tolerable si con ello se salva a un país, a una ciudad o a un ejército; dos, si el sacrificado es un reo, un traidor o un enemigo, apenas tiene importancia (con lo cual se establece que hay vidas más importantes que otras). “Fue, pues, partiendo de estas verdades incuestionables de la degradación del hombre y de su ‘reidad’ original, de la necesidad de una satisfacción, de la reversibilidad de los méritos y de la sustitución de los sufrimientos expiatorios, como los hombres llegaron hasta este espantoso error de los sacrificios humanos”. Todo este desarrollo concluye en una de las tesis clave del pensamiento de de Maistre: la eficacia que, a través de las culturas y los tiempos, ha logrado la figura del inocente que paga con su sangre las causas del culpable.