• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: John Hersey

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En vez de mundo, luz. Luz desconocida, enceguecedora, imposible de descifrar. Luz que niega el perfil de las cosas. Luz sin matices. Luz sin visión. Luz descomunal, más allá de lo humano. Portadora de un silencio que jamás podrá escribirse. Flash inaudito: apenas se ha esfumado, el mundo ha dejado de serlo. Hiroshima. 6 de agosto de 1945. 8:15 am.

Quienes han sobrevivido han dejado de estar en el mundo. Tras el fogonazo invisible y sordo, lo irreal. En un instante lo inexplicado ha tomado lugar. Los sentidos no logran leer lo que ha ocurrido. Todas las lógicas imperantes se han disuelto en el aire, todas han sido succionadas por la luz. Una luz que destruye, no solo el mundo material, sino la relación misma entre causa y afecto.

John Hersey (1914-1993) escogió el que debe ser el único camino para entrever o intuir lo que irrumpe más allá de lo comprensible: contar lo que seis sobrevivientes le contaron. Transcribir la perplejidad, poner en palabras la revulsión absoluta, tal como hizo el médico Michihiko Hachiya, el autor de Diario de Hiroshima: entre este y el de Hersey hay este delgadísimo hilo, esta incierta posibilidad: que la bomba atómica finalmente no lo haya borrado todo. Que las palabras de quienes sobrevivieron, el balbuceo de la catástrofe, haya logrado levantarse desde la totalidad disuelta, desaparecida.

En mayo de 1946 Hersey conversó con estas seis personas. Juan Gabriel Vásquez, traductor y prologuista de esta edición, lo advierte en su texto: “La bomba atómica, o nuestra percepción de ella, está hecha de frases”. Y esas son las frases que cavan, una tras otra, un lugar en el lector, especialmente en las dos primeras secciones del libro: “Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba”. Otra: “Los soldados salían del hoyo donde en teoría deberían haber estado a salvo, y la sangre brotaba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos”. Otra: “El padre Kleinsorge nunca supo cómo salió de la casa”. Otra: “Los niños estaban callados, salvo Myeko, la de cinco años, que no paraba de hacer preguntas: ¿por qué se ha hecho de noche tan temprano?”. Y otra: “Es como si ya me hubiese muerto”.

Personalidades dislocadas. Enfermedades que no lograron vencerse nunca. Gente que deambulaba con las cabezas gachas: la humanidad doblegada, licuada, arrasada. Del cuarto de millón de personas que vivían en Hiroshima, 100.000 murieron, 100.000 fueron heridos. El carácter escueto de la prosa de Hersey, esa escritura de baja intrusión no cierra sino que abre algunos resquicios: mínimas aberturas donde, tan lejos y tan cerca, se alcanza a vislumbrar el horror (Hiroshima, Editorial Debate, Espala, 2015).