• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Jean Echenoz

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Si hay una poética en Jean Echenoz, esa es la duda del mundo. En las numerosas, breves y brillantes novelas suyas –especialmente en Me voyAl piano, RavelCorrer,Relámpagos14 y otras–, no hay soluciones, respuesta que sirvan como guías, promesas o guiños de optimismo frente a la exigencia de vivir. El universo ficcional de Echenoz (Francia, 1947) es como un campo de incertidumbres, un territorio donde las preguntas a menudo quedan sin respuesta.

Capricho de la reina (Editorial Anagrama, España, 2015) reúne siete piezas breves: a unas cabe llamarlas relatos, en tanto que cierran con un desenlace. Otras operan como pruebas en terreno de las facultades de observar y narrar. Una, titulada “En Babilonia”, avanza con modos propios del ensayo.

Un ejemplo: Inaugura el libro una pieza magistral dedicada a Horatio Nelson, el guerrero británico. Acaba de vencer en la batalla de Copenhague. En una mansión decenas de invitados le reciben con admiración. A medida que la historia recapitula sus acciones militares, el Almirante se vuelve frágil, vacilante. El héroe disminuye y se disloca, hasta su muerte en Trafalgar. La gloria militar se humaniza. Incluso las batallas ganadas tienen consecuencias.

Imprescindible añadir el gozo que produce leer la prosa Echenoz: la elegancia con que arma una escena con un puñado de palabras, el minucioso talento con que logra levantar en la imaginación del lector, espacios tan peculiares como un pequeño submarino deslizándose en el fondo del mar. Paradójica habilidad: su apego a la precisión de cada frase no destierra la alegoría. Incluso el uso de datos duros abona a sus sugestivas ambientaciones.

“Capricho de la reina”, que le da nombre al libro, es lo que llamaré un ejercicio de observación: el autor expone ante el lector las posibilidades y las elecciones que hace para iniciar un recorrido visual que en su mano (“A la derecha de la mano que esto escribe…”), se desliza hacia una terraza, se desplaza por las variaciones del paisaje que rodea a la casa, regresa a ella y a la terraza, donde “yace una manguera de color naranja como una serpiente dada por muerta, y a lo largo de la cual circula una multitud de hormigas en ambas direcciones, cada una manteniendo casi constantemente su derecha como en una carrera clásica. El tráfico de estas hormigas es densísimo, y debe de enlazar sus cercanos dormitorios próximos a la obra con sus distintos talleres, silos de grano, criaderos de hongos, laboratorios de puesta o establos de pulgones. Deteniéndose brevemente, al cruzarse, las obreras proceden a efectuar un rápido contacto frontal, con el fin de intercambiar un beso subrepticio o re recordar la contraseña del día, o quizás para pitorrearse por lo bajo del último capricho de la reina”.