• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Iréne Némirovsky

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Los chejovianos son una estirpe. Linaje cautivado por el umbral donde el hombre y la obra se encuentran, se entrecruzan y se separan. Como si sus extraordinarios relatos fuesen resquicios o vetas por las cuales alcanzar al hombre. La más nutrida corriente de ese linaje es femenina. La primera de esas adhesiones la protagonizó Katherine Mansfield (1888-1923), quien lo leyó muy temprano y escribió relatos en los cuales la luz chejoviana se cuela en el trasfondo de sus escenas.

Mucho más adelante, en 1970, Natalia Ginzburg (1916-1991) publicó Vida de Chéjov (publicado en nuestra lengua en 2006), ensayo instalado en el umbral: los episodios más públicos de la vida del ruso le sirven como claves de acceso al hombre privado. Ginzburg, además, establece correspondencias entre Chéjov y Tolstoi (al viejo patriarca, el joven narrador y médico le producía curiosidad e inquietud).

Con el libro de Janet Malcolm, del año 2001 y traducido en 2004 como Leyendo a Chéjov, el deseo de apropiarse de la intimidad de Chéjov se extrema: viaja a Rusia, lo lee con ardor, indaga en fuentes conexas. Asedia a Chéjov. La ansiedad de Malcolm resulta fructífera: sus ejercicios mentales, conexiones elaboradas con preciosismo, aceptan esta posibilidad: que revelar a la persona Chéjov sea improbable.

A todo lo anterior habría que sumar una biografía de Rosamund Bartlett, Chéjov: escenas de una vida (2007), que no he leído. Bartlett es una reconocida especialista en la literatura rusa. Y, por fin, la biografía que es el primordial antecedente de todas las tres anteriores, Vida de Chéjov, de Iréne Némirovsky, publicada póstumamente en 1946 (Némirovsky perdió  la vida en Auschwitz en agosto de 1942), y que ahora circula bajo el sello de la Editorial Losada (Argentina, 2016).

 

La lengua compartida

Escenas construidas con nitidez, pulcritud y gusto por la inflexión: predomina la mentalidad narrativa. En la sucesión de episodios se siente un tempo distinto al nuestro, una aproximación casi espontánea, desprovista de otro método que no sea el buen arte de contar. Némirovsky se proyecta en el mundo de Chéjov, aun cuando él nació en Taganrog, a 75 kilómetros de Rostov del Don, y ella nació en Kiev, Ucrania. Fueron casi contemporáneos: ella nació un año antes de la muerte de él. A diferencia de Ginzburg y de Malcolm, Némirovsky estuvo cerca del mundo de Chéjov.

¿Es la de Némirovsky la pionera entre las biografías de Chéjov, al menos en Europa? Buena parte del retrato básico está aquí: la familia de seis hijos, el padre piadoso y azotador, la madre aplastada por los sufrimientos, la pobreza y sus taras, irreducible y reiterada. En medio de las adversidades, el pequeño se diferencia sin ruido. “Se sustraía a la influencia de los otros con paciencia y gran firmeza. Nadie sabía bien lo que pensaba y lo que sentía. Un extraño pudor, como el que puede experimentar una muchacha con su cuerpo, preservaba de los demás el alma y el espíritu del pequeño Anton”. Sonreía. Sonreía siempre. Némirovsky lo contrapone a Dickens, que también padeció una infancia de pobreza: Chéjov no se convirtió en un resentido. “No daba vueltas a su desgracia envenenándola con una vanidad herida”. En la escuela, durante su adolescencia, se mantenía al margen, incrédulo a las verdades del clan, sin ostentar de ello.

A los 13 años asiste por primera vez a una representación escénica: una opereta. Con el tiempo, se suceden otros espectáculos. A los 15 se interna tras los bastidores. Escribe obras. Organiza un teatro casero con dos de sus hermanos. También inventan un diario, al que llamaron “El tartamudo”. Una peritonitis, que casi le mata, lo pone en contacto con el mundo de la medicina: en ese trance habría decidido hacerse médico. En la visión de Némirovsky, Chéjov llevó siempre consigo el instinto de lo esencial. Había en él algo activo y silencioso, algo en su mirada y en su sonrisa, algo que lo sustraía y lo impulsaba al estudio, a la disciplina. En la relación con su familia, una clave: nunca atenuó su compromiso, pero evitó que sus corrientes oscuras lo arrastraran.

En algún momento la familia se marcha a vivir a Moscú. La pobreza no transige: en tres años vivieron en once lugares, variantes de lo paupérrimo. A los 19 años, Anton comienza sus estudios de medicina. En 1880, aparece en un diario humorístico, su primera obra impresa: Carta de un propietario del Don a su vecino. Tenía 20 años y escribía con facilidad sorprendente. Ese año logra publicar 9 cuentos. Mientras más experiencia adquiría, más producía. Cinco años más tarde alcanza el apogeo de su productividad: 129 piezas entre relatos, artículos y sainetes humorísticos. Los buenos lectores no tardaron en descubrirle. Le bastaban unas pocas líneas para crear una situación de partida. Además, Chéjov era un almacén: no había tema o persona que escapara de su interés. Su capacidad de registrar material era inagotable. Conocía las palabras corrientes, los modos de vivir, las rutinas de los oficios. Y algo fundamental: había escapado de uno de los peores tópicos de la inteligencia rusa: la idealización del campesino (los mujiks). Su sentido de lo real era distinto, despojado de prejuicios (quien ha leído a Chéjov ha experimentado esto: la calidad prístina de su pensamiento, incluso cuando se propone ocultar). Y no paraba. Por encima de su agotamiento, de las agobiantes condiciones en que comenzó a practicar su profesión de médico, de los propios pañuelos manchados de sangre, de las velas insuficientes, del ruido que llegaba hasta la mesa de superficie irregular en la que se sentaba, escribía. En su caso, escribir equivalía a vivir.

Y fue en marzo de 1886, Chéjov tenía solo 26 años, cuando recibió la famosa carta de Grigorovich (“yo no soy periodista ni editor; no me puedo servir de usted, salvo leyéndolo; si hablo de su talento lo hago con convicción; tengo sesenta y cinco años cumplidos pero siento tanto amor por la literatura, sus éxitos me son tan caros, es tanta mi alegría cuando encuentro en ella algo vivo, superior, que no he podido aguantarme y, ya lo ve, le tiendo mis dos manos”). En ese momento, la carga de su inmenso talento se erigió ante él, que no era más que un hombre con cuatro rublos en el bolsillo y las cada vez más recurrentes hemorragias. Némirovsky se pregunta si Rusia necesitaba un maestro más. Si en la literatura de Turgueniev, Gogol, Dostoievsky y Tolstoi había un lugar para otro gran autor. Y es quizás ante ese desafío que ella logra producir una síntesis del genio chejoviano: el humor como don, el pudor irrenunciable, la economía de medios, la agilidad prodigiosa.

Como se sabe, Chéjov vivió poco: en 1880 se contagió mientras atendía a enfermos de tuberculosis. Después de los 26 años, su prestigio fue creciendo de forma paulatina.  Incursionó como dramaturgo: escribió obras como La gaviota, El jardín de los cerezos y Las tres hermanas, referencias de la dramaturgia moderna. Viajó, frecuentó el teatro, se enamoró de la actriz Olga Knipper y se casó con ella.

Pero el anhelo irrefrenable de perfección; las frases impolutas y deslumbrantes; la actitud ajena a cualquier intención moralizante; la mezcla de penetración y prudencia con que miraba el mundo; el estatuto de libertad que parece haber sido el carácter de su alma, desde siempre; la personalidad donde latía “algo sutil, evasivo, contradictorio y vivo”, que nadie pudo dominar; las elocuentes cartas a Olga Knipper; el aire de muerte que se asoma en El jardín de los cerezos; toda esta acumulación y ensamblaje de datos y sensaciones, de intuiciones y asombros que nos produce su obra, no despejan la pregunta del hombre. Ese algo que se presiente encerrado en Chéjov, permanece intacto en las páginas de esta biografía. Paradójico: a pesar de su proximidad de espíritu con Chéjov, Némirovsky no intenta desentrañar a la persona. Nos lo ofrece como lo encontró: admirable, inasible.