• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: Hugo Hiriart

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Esta es la embarazosa y corajuda pregunta formulada por Hugo Hiriart (México, 1942): ¿Qué explica que Alfonso Reyes (1889-1959), uno de los más grandes estilistas que ha tenido Iberoamérica y la lengua española, autor de una obra que puede contarse, no en libros sino en volúmenes, no haya ascendido al privilegio de ser reconocido como escritor universal? Hiriart, hay que aclararlo, no interroga desde la ruindad. Al contrario: reconoce en Reyes a un maestro. Su ensayo, El arte de perdurar (Editorial Almadía, México, 2011), inteligente despliegue de argumentos interconectados unos y otros, no ofusca, no acorrala: tiene algo de prístino y amoroso ejercicio.

Jorge Luis Borges, que fue amigo de Reyes y elogió su escritura, cumple aquí el papel de contrafigura: a diferencia del mexicano, el argentino sí alcanzó, podría decirse que de modo inmediato, el estatuto de autor universal. El análisis comparado de algunos elementos en la obra de uno y otro, facilita el ejercicio de Hiriart. Le otorga fundamentación y atractivo (El arte de perdurar, tiene entre sus virtudes más destacadas, el que ofrece una lectura fluida y limpia).

Empiezo por aquí: Reyes se dispersó en la enormidad de su obra. No solo escribió mucho (lo cual no es reprobable por sí mismo), sino sobre un temario que crecía a lo largo del tiempo. No hizo suyos unos asuntos que le fueran característicos (su prodigio fue el modo en que hacía uso de la lengua española), ni escribió un libro que condensara su visión del mundo o su condición humana o llevara hasta sus últimas consecuencias la revisión de algún tema que le importara por encima de otros (“Reyes no logró ese libro, ese acto de magia sintética que concentra el universo entero en el pulso de un individuo único e irrepetible”).

Lúcido argumento (me parece que contraría lo que uno pudiese pensar a priori): a la postre, el exceso estilístico de Reyes resultaba inflexible. No le resultaba adecuado para profundizar o sumergirse en los misterios de lo humano. El párrafo perfecto se constituía en limitación. Sus ejercicios de estilo no expresaban una “personalidad”, justo lo contrario de Borges, que logró hacerse singular en su almacén temático y en su proyección personal. Reyes, que fue diplomático, practicaba la cortesía. No polemizaba ni escandalizaba. Su erudición congraciaba, reconciliaba, pero no confrontaba, no resonaba más allá del goce inmediato que generaba su indiscutible buen gusto. No innovó, ni su obra se constituyó en clarificadora de su época. Su contribución consistió en perfeccionar lo que ya existía. Señala Hiriart: “La claridad no está en la maestría, sino en la singularidad personal. Y vuelvo a decir, Reyes tuvo maestría, pero no singularidad ni claridad representativa”.