• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: George Steiner

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George Steiner se ha despedido del mundo. Los ocho breves textos que componen Fragmentos, recién traducido a nuestra lengua (Editorial Siruela, España, 2016), son las piezas, inseparables unas de otras, de quien ha vislumbrado su propio final. De quien ha pensado la muerte, a medida que se aproxima a ella. Aunque se acomodan sin dificultad en el género del ensayo, hay en estos textos algo más que el deseo, congénito en Steiner, de ensayar: son concentrados ejercicios del espíritu, invocaciones de una mente exquisita ante preguntas últimas. Diré: proyección, premonición. Mirada tendida hacia el horizonte en ocaso. Ceremonia literaria del último trecho.

Los ocho fragmentos constituyen una suerte de arte poética de la despedida. La admiración, la gratitud, las sempiternas preguntas que permanecen sin respuesta, las interrogantes del porvenir, las advertencias, la visión de la posibilidad, pero también de la imposibilidad de la condición humana: estas son algunas de las presencias, de los asuntos de los que este hombre nacido en 1929, el más notable lector y ensayista de nuestro tiempo, nos habla.

Porque, y esto es lo esencial, Fragmentos está dirigido a la potencial capacidad de reflexionar del ciudadano-lector de nuestro tiempo. Desde su primera página nos propone una honda conversación. El aforismo que le sirve de título al primer texto, “cuando el rayo habla, dice oscuridad”, sugiere la vecindad sin remedio entre lo visible y lo oscuro. Funciona como una antesala a un viejo tema en el pensamiento de Steiner, la brecha entre hablar y decir (“la expresión no garantiza significado”). En medio de tanta habladuría, no escuchamos lo que el silencio viene a decirnos. Afirmamos, obviando la negación inherente que habita en todo enunciado. Despachamos la ambigüedad, parte esencial de nosotros mismos. Olvidamos el prodigio de encontrar sentido a nuestro paso por el mundo.

Quien quiera escuchar al maestro se encontrará con su decantado balance del dinero: de una parte, las virtudes a las que se le asocia (entre ellas, como fruto de méritos y trabajos); de la otra, sus perversas tentaciones: la avaricia, la especulación, la exhibición. Estremece constatar que un pensador, ajeno a toda veleidad marxista, fije una posición ante la desmesura del poder del dinero.  La pregunta que formula es la cada vez más repetida de ¿hay algo que no esté en venta?

Quien pulsa la alarma contra los poderes demoníacos del dinero es el lector omnívoro que ha recorrido, en todas las direcciones, los territorios que van de los antiguos a los contemporáneos. La acumulación desde la que habla Steiner es la de la sabiduría. Y desde allí nos dice: “El mal es”, lo que equivale a testificar su neta realidad, a pesar de las ficciones y los empeños por mostrarlo, comprenderlo y controlarlo. Ese “es”, aplastante ratificación de su existencia, opera como un recordatorio: hombres y mujeres podemos causar mal a los demás, podemos ser indiferentes al sufrimiento que se produce a nuestro alrededor. Tras la larga historia de los debates alrededor de la existencia de Dios o de los dioses, de la trama sin resultado entre probar su existencia o su inexistencia, quizás el nuestro sea un tiempo de aceptar a un Dios impotente (ese Dios post Auschwitz que nombró Hans Jonás).

“Hay leones, hay ratones” es un piedrazo en la vitrina de lo políticamente correcto. No reivindica las diferencias, sino que atestigua la imposibilidad de la igualdad. Los atributos físicos y la enfermedad; la belleza y la fealdad; lo limitado o enorme de las capacidades cerebrales; la ausencia y presencia de habilidad para el pensamiento abstracto: todo ello se traduce en esto: la distribución de talento es desigual. A medida que se expande el conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro, esto se torna más evidente. Los genios han sido y serán pocos. Pocos, poquísimos leones.

Como toda despedida, también esta constituye un regreso: en el texto titulado “¿Por qué lloro cuando canta Arión?” se escucha el eco de las amorosas páginas que Steiner dedicara a la música en Errata, su libro autobiográfico. Aquí también canta a la amistad (“es la compensación de la existencia, su inmerecida recompensa”), y se desdeñan las miserias del amor o los “aborrecimientos” silenciosos del envejecer. En páginas que estremecen al final del libro, reclama el derecho al suicidio. Mantener vivos a quienes padecen es una forma de tiranía que hace todavía más indigna la realidad del sufrimiento. Escribe: “La eutanasia, asumidas las precauciones indispensables, debe volverse una opción básica”. Solo así lograremos liberarnos y acercarnos a la muerte, al bien morir, con una comprensión sosegada de que es la visita inevitable a la que todos estamos destinados.