• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Nelson Rivera

Libros: George Perec

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Enumera y describe objetos y mobiliario como si fuese un catálogo. En medio de una armónica sucesión de ambientes, alfombras, mesas, grabados, espejos, cortinas, adornos y tantas cosas más, es inevitable sentir que toda la secuencia es burlesca: es el método elegido por George Perec (1938-1982) para entrar al mundo de los apetitos materiales y simbólicos de Jerome y Sylvie, cuya realidad consiste en vivir en 35 metros cuadrados. “Soñando como soñaban con espacio, luz, silencio, eran devueltos a la realidad, ni siquiera tétrica, sino simplemente angosta –y era tal vez peor–, de su vivienda exigua, sus comidas diarias, sus vacaciones pobretonas. Era lo que correspondía a su situación económica, a su posición social”.

Publicada hace cincuenta años, Las cosas se adentra, con andares casi hipnóticos, por los sucesivos pasillos y capas de la experiencia de consumir. De querer siempre más en cualquier circunstancia. Arma de muchos filos, la voracidad, la sed irrevocable del consumo, desgasta. Desmorona la cotidianidad. Expande la insatisfacción. Promueve la formulación de consuelos: peroratas para justificar lo que no se tiene.

Perec sonríe y formula una paradoja: Jerome y Sylvie trabajan como encuestadores para empresas de publicidad. Van de un lugar a otro preguntando por las preferencias y los deseos de los consumidores. Sus vidas se tensan. Viven al día y están al día: saben lo que se lleva, lo que caduca, lo que la moda deja atrás. Sus mentes transcurren por canales de baja intensidad. No se exigen pensar más allá de lo inmediato. Con sus mínimas herramientas, asumen que saben todo lo necesario. Lo necesario para cambiar de vida y establecerse como gente bien, para aproximarse a las conductas propias del buen arte de vivir que propagan las revistas dedicadas al buen arte de vivir (“Era gente de L’Express: Necesitaban, sin duda, que su libertad, su inteligencia, su alegría, su juventud fueran, en todo tiempo y lugar, convenientemente expresadas”). Y así, rotan en una espiral cada vez más amplia, de mayores ambiciones.

Los amigos se encuentran y hablan de los consumos (los consumibles). Consumen el consumo. El buen vivir se torna cerebral: se reduce a conversaciones. Se desliza en la forma de pequeñas dosis de falsedades. La vida se debate entre lo que se tiene y lo que no se tiene. Extravía otras posibilidades, otros sentidos. “No hacía falta mucho para que todo se viniera abajo: la menor nota falsa, un simple momento de vacilación, un signo demasiado grosero, y su dicha se dislocaba; volvía a ser lo que había sido siempre, una especie de contrato, algo que habían comprado, algo frágil y lastimoso, un simple respiro que los devolvía con violencia a lo más peligroso, a lo más inseguro de su existencia, de su historia”.