• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Fleur Jaeggy

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Fleur Jaeggy descoloca. Pone en estado de suspensión el más perentorio de los reclamos del lector, que es el de certidumbres. El lector, variante morosa del ciudadano, quiere saber qué pasa. Hacia dónde le conducen. Cuando se aferra al pulso firme del autor, es capaz de entregarse como un niño confiado a sus guías. Pero Fleur Jaeggy se zafa. No acepta ser bastón de sus lectores. Quien quiera leerla, que se las arregle. Que se anime y se interne en estas piezas abismales y breves, que son como formas de lo disruptivo, lo torcido, lo radicalmente desconcertante.

Las reunidas en El último de la estirpe (Editorial Tusquets, España, 2016) son veinte. Breves o brevísimos relatos. En mi caso, los he leído como dieta: dos o tres al día. Para pensarlos, conviene evitar que se impongan. Respirar sus mínimas señales exige de pausas. Cada uno es una forma de vaciamiento. Y leyendo a Jaeggy me he asomado a esta idea: lo contrario de certidumbre no es lo incierto, sino el vacío. O, más preciso: el vaciamiento.

Vaciamiento es el proceso o el instante en que algo pierde o trastoca su sentido. Ejemplos: como cuando se pone en entredicho la idea de lo importante (“la importancia de tener éxito en la vida es una soga”). O cuando una voz sugiere que es posible pensar en el vacío bajo criterio de reciprocidad. O cuando no hay lugar en la existencia que sea posible designar como fin. O cuando se puede escribir esta frase: “El mal es la mejor forma que el bien puede asumir”. O cuando, en la sala de un restaurante, alguien mira con detenimiento una pecera, y descubre en la mirada de un pez el limpio conocimiento en el animalito de que muy pronto morirá para ser consumido.

En varias de estas piezas es posible seguir el desenvolvimiento del relato. En otras, lo que se cuenta se esconde, se disfraza, muta, cambia de dimensión. Alguno viaja rumbo a su desenlace (son susceptibles de ser contados alrededor de una buena taza de café). Otros, me parece, son irreproducibles, incluso en el silencio de nuestras recapitulaciones. Me atrevo: son disposiciones, estructuras escuetas, de pocos elementos, en los que irrumpe una frase, “un instante, como un fulgor, que visita, hiere y se diluye”. Un corte en la lógica de la realidad. Un crujir en la legitimidad de lo legítimo. Ese punto de reversión (el silencio que precede al acontecimiento o a la catástrofe), como el que Jaeggy describe en un relato que lleva por nombre “Gato”.

Las primeras líneas hablan de lo interesante que resulta observar a los demás. Y así llega al gato: “Y observar un gato terriblemente absorto y atento al apuntar a la presa. O al apresarla. Quizás sea una mariposa, una hoja, un trozo de papel, un insecto. Cuando ha alcanzado su objetivo, de repente el gato se distrae. Los etólogos llaman a ese movimiento Ubersprung. Se produce poco antes del golpe mortal. Vemos al gato moverse y desplazar la presa como si fuese una pluma. Los últimos movimientos. La mariposa baila en su agonía. Vibra imperceptiblemente, lo bastante como para despertar aún el interés del gato. Y él se distrae. Se aleja. Con calma muta el rumbo. Muta el rumbo mental (…) Tal vez también la mariposa y la hoja tengan a su vez el mismo momento de Ubersprung. Como el gato. Se distraen de la agonía, se apartan de su muerte (…) El melancólico hecho de desprenderse de un vínculo con la víctima”. En una palabra: vaciamiento. El de Fleur Jaeggy: un estudio del vaciamiento.