• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Estrella de Diego (2/2)

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La industria del turismo pone en cuestión “lo auténtico”, aun cuando el turista no reciba decepción alguna en su recorrido: el nativo, inscrito en una realidad impostada, complace la expectativa del visitante. El local se representa a sí mismo a entera satisfacción de su cliente. La tarea de quien recibe al turista consiste en evitar las sorpresas. Todavía más paradójico: se propone hacerlo-sentir-como-en-casa. Disponer todo para que pueda cumplir con el propósito de visitar los monumentos más importantes: el monumento exceso, el monumento monumentalizado, el monumento verdadero pero travestido para uso del turismo (estas líneas continúan las publicadas el lunes pasado sobre el floreciente y generoso ensayo de Estrella de Diego, Rincones de postales, publicado por la Editorial Cátedra, España, 2014).

Hay un relato de la transacción turística que exige a visitantes y locales cumplir con su respectivo papel (a menudo, al local le corresponde representarse como expresión o continuidad del “pasado” o de “lo original”; el local se presenta inserto en la tensión entre original y copia). Estrella de Diego señala una paradoja central: que lo auténtico vende, por lo tanto, debe ser diseñado al gusto del mercado.

El viajero, que aspira a diferenciarse del turista, se desplaza por su cuenta. Prescinde del guía y asume riesgos de distinta categoría (están los que viajan a la pobreza; los que se aproximan a tornados; los que se internan por algunos parajes de África con apenas una mochila). El viajero quiere que su viaje sea distintivo. Alejado de las aglomeraciones y de lo previsible. Como si todavía fuese posible lo inédito. Puede ocurrir que, durante el viaje, “el turista se convierta un poco en viajero”. Es posible que en Jerusalén o ante el Coliseo Romano o en el cerro Monserrate de Bogotá o en la Casa del Tesoro en Petra, el visitante sienta que algo le ha pasado. Que una silenciosa conmoción lo recorra. Que producto del viaje, algo ha cambiado en su interior. 

Estas notas (la de hoy y la de la semana pasada) apenas insinúan la condición polivalente, las variaciones y fugas temáticas, la fuerza irradiadora que tiene el pensamiento de Estrella de Diego. No se hace aquí justicia al múltiple recorrido de Rincones de postales. Antes de este, he leído solo dos entre los varios libros publicados por Estrella de Diego. Ambos, Tristísimo Warhol y Travesías por la incertidumbre (este último una inquietante e inesperada colección de ensayos sobre el anhelo de certidumbres que es sustancia del afán narrativo) dan cuenta de una pensadora en expansión: una escritora que tiene la facultad de hacerte sentir que piensa-en-voz-alta, es decir, que parece hablarle, a un mismo tiempo, a la visión y a la escucha del lector, a su pasado y también a su disposición prospectiva.