• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Estrella de Diego (1/2)

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A esta hora, millones y millones de turistas se mueven de un lugar a otro en el mundo. Ocupan hoteles, museos, playas y todo aquello que sea “visitable”. Van tras lo típico. Recorren rutas que, la mayoría de las veces, ya han sido publicitadas, previstas y prevendidas. Hay que decir: el turista sabe a lo que va. Ha preparado su mirada. A menudo ha visto en pantallas, folletos y revistas el lugar al que se desplazará. No conoce el lugar pero sí su representación. Desde el destino, se le ha preparado para lo que verá. El folleto actúa como imagen mediadora. La mirada que enfocará la cámara fotográfica con la que producirá el recuerdo del viaje ha sido entrenada (“coleccionar el tiempo que no volverá jamás; tiempo extraño y extranjero que las fotografías dotan de cierta coherencia dentro del relato fracturado por la interrupción, un lapso suspendido, casi ajeno”).

El turismo masivo, sostiene Estrella de Diego, no solo ha cambiado la escenificación de monumentos y espacios en los que se recibe a los turistas, sino que también ha modificado nuestro modo de ver: se trata de ver in situ lo que ya hemos visto (comento aquí un libro cautivador: Rincones de postales. Turismo y hospitalidad, Editorial Cátedra, España, 2014).

El turista aspira a lo “otro”, a eso que no tiene en casa. Atrás han quedado los tiempos en que viajar era cosa de privilegiados. El turismo de masas plena todos los espacios posibles. Ya no hay lugares recónditos, espacios que no hayan sido recorridos. El turista va, verifica, dispara su cámara, compra un souvenir de lo visto y regresa (“Tal vez comprar un souvenir es siempre adquirir un objeto que hasta cierto punto implica una ceremonia ritual, la de llevarse a casa un fragmento del Otro, una parte del Otro que a fin de cuentas simboliza su totalidad misma”).Circula por rutas previstas; cruza frente al cuadro de renombre; se detiene ante un fragmento de la ciudad, el mismo que previamente ha visto en el rectángulo de la postal; ratifica los prejuicios que le había anticipado la guía de viajes: la masificación no supone una potenciación de la curiosidad.

El turista no sorprende: se asemejan unos y otros. Es previsible. Se mueve en un perímetro delimitado. Un poder (del que apenas nos percatamos) determina cómo viajamos y qué experiencias podemos obtener de ello. Ir de turista es cumplir con una aspiración igualitaria. Y acceder a nuevos patrones de consumo. Viajar para consumir: he aquí el signo de nuestro capitalismo tardío. Viajar para ir lejos: la sensación de que somos más libres. Quizás ya el turista ha dejado de ser el Otro posible y no es sino una falsa figuración de ese Otro que aparecía para removernos la vida (continúo comentando este libro de Estrella de Diego, la próxima semana).