• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Elisabeth Gille

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

 

Hija única de padre amantísimo y madre detestable. Judía y rusa. Celebración del Año Nuevo, en Odesa. Año 1913. El padre, un hombre cada vez más rico. La abuela ha preparado un gran festín: esturión y champagne, caviar y vodka, salmón y vinos de Francia. Iréne tiene 9 años. Le han hecho probar la bebida burbujeante. Le ha gustado. Tímida y desapercibida como es, se dedica a vaciar los restos de las copas. Llega el momento de abrir los regalos. Cajas y cajas que contienen una muñeca de porcelana casi de su tamaño, además de ropas, accesorios y demás juguetes complementarios. Iréne estalla. El conjunto le parece detestable. No le interesan las muñecas. La alharaca es sonora. Se refugia en los brazos de su institutriz francesa. Días después, cuando el Orient Express recorre el trecho entre Viena y Múnich, Iréne lanza las cajas por la ventana.

Ha nacido el 11 de febrero de 1903 en Kiev. Su padre es banquero, importador y exportador de mercancías, figura protectora y un cosmopolita. La madre (no recuerdo haber leído su nombre en las casi 300 páginas del libro), mujer hermosa, frívola, abocada a sus egoísmos, ajena a la vida de Iréne. La niña recibe una educación espléndida: habla francés con la misma naturalidad con que habla ruso. A lo largo de los años, con su refinada capacidad de escuchar, sumará otras lenguas a su bagaje: inglés, finés, polaco y yiddish. De niña, no tiene especial conciencia de lo que significa su condición de judía. Hacia 1910, durante la visita de una tía, la palabra pogromo adquiere una creciente consistencia.

Aprendía de Mademoiselle Rose, paseaba durante las tardes, su curiosidad insaciable mantenía sus sentidos en vigilia. Leía, pero también veía que los ataques a los judíos se intensificaban. Va a vivir a París, en Auteuil, barrio del Distrito XVI. Crece alejada de su madre, dedicada a sus aventuras extramaritales. Todavía siendo una niña, Iréne le pregunta a su madre si se propone representar a “la dama del perrito” (en alusión al relato de Chéjov sobre el adulterio). De París van a vivir a San Petersburgo, a comienzos de 1913. La ciudad es terreno de violentos, pero también de efervescencia creativa. La especulación política inunda el aire que se respira. En la primavera de 1914 (la guerra está por estallar) Iréne asiste a un espectáculo que se fijará en su memoria: el deshielo del río Neva, cuando luego de sucesivas ráfagas de sonidos crujientes, las aguas empujan los bloques blancuzcos y grisáceos de nieve, río abajo.

 

La guerra toca la puerta

Fue testigo de cómo la declaración de guerra por parte de Alemania era recibida con aclamaciones. Todos apoyaban al zar. Hasta que a comienzos de 1915, los ánimos cambiaron. Las cosas escaseaban, las noticias del número de vidas perdidas, eran cada día peores. Se escuchaba la palabra revolución, cada vez con mayor frecuencia. Devoraba libros, mientras aparecían cartillas de racionamiento. El horror se apropiaba de todos los espacios. Iréne y sus padres escaparon por los pelos de los bolcheviques. En octubre de 1917 huyen a Moscú. Pero esa paz no duraría. Una noche llegaron los bolcheviques armados al hotel, dijeron que había sido expropiado, y les dieron quince minutos a los huéspedes para abandonar el lugar. En una operación nocturna y sorpresiva (la criada había adquirido estatuto de comisaria política), disfrazadas de campesinas, huyeron a Finlandia. En aquellos primeros meses de exilio, que incluirían una estadía de tres meses en Estocolmo, se produjeron sus primeros escritos.

En julio de 1919, con 16 años, se instalan en París. La vida sigue siendo de soledad. En 1921 ingresa a La Sorbona, a estudiar Letras. Vive sola y trabaja, aunque depende de la contribución mensual que el padre le otorga. Todo cambia: tiene amigos, gente afín que la rodea, atraída por su brillo espontáneo. Baila, lee a Proust y a Mansfield, viajan por el sur de Francia, disfruta de las aguas en la pequeña bahía de San Juan de Luz. Iréne Némirovsly siente que en Francia ha encontrado un país donde su espíritu tiene un lugar.

 

Cambio de registro

Iréne Némirovsky, circuló por primera vez en nuestra lengua en 1995, con el título de El mirador. En la segunda parte, los hechos se agolpan. Algunos se tornan brumosos o inconclusos. Iréne se ha casado. En 1929 coinciden el nacimiento de su primera hija, Denise, con la publicación de su primera novela, David Golder, que la convierte, ipso facto, en autora de fama. La mayoría de los críticos se detienen en el dominio que la joven exhibía de la lengua francesa. Los éxitos editoriales se suceden. En 1937 nace su segunda hija, Elizabeth. La realidad comienza a oscurecerse. En 1939, sin avisar a nadie, la madre huye a Niza.

Hoy sabemos que a partir de octubre de 1940, una vez que las autoridades de Vichy emitieron las leyes antisemitas, Némirovsky no pudo volver a publicar. Tanto ella como su esposo, portaron la estrella amarilla adherida a sus ropas. En julio de 1942 fue detenida. A los pocos días ya estaba en Auschwitz, donde murió de tifus.

Este Iréne Némirovsky es, en todo su recorrido, un libro desconcertante. Tiene algo incumplido, titubeante, que interroga la capacidad del lector para adaptarse a lo que propone. Se trata de esto: la autora es la hija menor de Némirovsky. Hija sobreviviente. Pero hay algo todavía más desafiante: que la voz que narra es la de la propia Némirovsky, con lo cual, el relato es una autobiografía imaginada por la hija de la escritora. Durante buena parte del trayecto, esta exigida autobiografía, funciona, no sin la recurrente complicidad por parte del lector. Pero hacia el final, el relato tiende a diluirse. Lo que queda al cierre, es la voz extraña, sufriente e improbable, hecha con los pedazos de una vida arrasada por Hitler.

 

*Circe Ediciones, España, 2015.