• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Eduardo Aguirre Romero

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Cuento al lector lo siguiente: la primera visión que tuve de León, capital de la provincia de León (Comunidad Autónoma de Castilla y León) fue la de la plaza de San Marcos. Quien tiene la fortuna de apearse allí, no podrá evitar la pregunta: ¿Qué plaza es esta, amplia, despejada y abierta al cielo, que parece haber sido dispuesta para servir, de forma exclusiva, de antesala a la mole imponente y abigarrada que se levanta al fondo?

Lo que llamo mole, bajo el impacto de su majestad, es el Hostal de San Marcos (antiguo Convento de San Marcos), edificio cuya historia se remonta a los tiempos de Alfonzo VII, a mediados del siglo XII. Doña Sancha, hermana del rey, donó el terreno en 1152, para que allí se construyese una Iglesia y un hospedaje para uso de los peregrinos que se dirigían a Santiago. En 1173, el lugar se convirtió en la sede de la Orden de Santiago de la Espada. La larga historia del edificio tiene un punto culminante en 1514, cuando el edificio debió derribarse. Una donación de Fernando el Católico hizo posible iniciar la construcción de un nuevo edificio, cuya ejecución tardaría aproximadamente dos siglos (1714-1715). Es el lugar donde Francisco de Quevedo estuvo detenido durante 1630 y 1643, de donde saldría enfermo, al punto que moriría dos años después.

Lo que vemos hoy es no solo una de las edificaciones fundamentales del Renacimiento español, sino su habitada “fachada plateresca” (también llamado el gótico plateresco, que sintetiza estilos provenientes de distintos lugares de Europa). Es un edificio cargado de signos. Todo en esa fachada habla, pero como advierte Eduardo Aguirre Romero en El cosmos de piedra, hemos perdido la capacidad de leer o de interpretar lo que el edificio, y esa fachada en particular, intentan decirnos.

El cosmos de piedra (Ayuntamiento de León, España, 2015) es obra conjunta del periodista Eduardo Aguirre Romero y del fotógrafo Luis Ramos Blanco. Entre los muchos elementos que contiene la fachada, destacan 38 medallones, relieves con las figuras de personajes mitológicos, bíblicos e históricos. La fuerza del libro debe mucho a los elocuentes “retratos” que Ramos Blanco hizo de Príamo, Paris, Hércules, Héctor, Alejandro, Julio César, Carlomagno y los demás, que incluyen a españoles como Rodrigo Díaz de Vivar, Felipe el Hermoso y a varios de los maestres de la orden de Santiago. Los rostros de piedra, retratados en sus claroscuros, adquieren proporciones: intención, especificidad que sobrevive al paso del tiempo.

El libro abre con un ensayo, El poder en su cosmos que, más allá de compartir las motivaciones y cauces del libro, así como los hechos de la historia que derivaron en la construcción del Convento de San Marcos, constituye una reflexión sobre el poder, sus posibilidades y riesgos. Cuando Aguirre Romero contrasta las figuras de Carlos V y la de Fernando El Católico, por ejemplo, adopta una postura: destaca la significación del poder que se mantiene asociado a su primera responsabilidad, que es la servir. Una cosa es el poder, otra la voluntad de dominar a los demás. Por ello no todos los poderes alcanzan la legitimidad. La más alta dignidad del poder no es la fama, sino el ejercicio del perdón. “Alegrémonos de haber nacido en un tiempo en que –pese al horror– conocemos qué significan paz, piedad y perdón; aunque lo olvidemos”.

Y es la idea de dignidad la que quizás puede auxiliarme para comentar los 38 epitafios que constituyen el núcleo del libro. Para empezar, la elección del autor: en vez de haber escrito una síntesis biográfica o un perfil histórico, Aguirre Romero escogió un inusual formato literario: hacer que cada personaje hable a través de su propio epitafio. Le creó a cada uno, palabras últimas. Más que una simple despedida: textos donde la historia alimenta la empatía y la ficción.  Epitafios donde cada personaje se redimensiona, como si su voz se pudiese desprender de la piedra que lo contiene y hablarnos (de hecho, me ha parecido que son textos cuya elocuencia invita a la lectura en voz alta).

Un ejemplo basta para apreciar el logro del autor: “Yo, Héctor, caí por la lanza de Aquiles. Morir me impidió que viese crecer a mi hijo y evitar el oprobio de los vencedores a mi esposa. Los dioses deciden todas las fechas. En cambio, cuando él rogó a Zeus no fallecer arrastrado por las corrientes de un río, pues no le pareció digno de un guerrero, le fue concedido. Mi último día, Andrómaca supo que nunca más compartiríamos lecho. No hay bella muerte, me gritaban sus ojos. Poco consuelo es que te lloren las plañideras de Troya. Los aqueos destruyeron Ilión. Y Aquiles las noches de amor que aún me quedaban. No volví a besar a mi esposa, ni a verla trabajar en la rueca. Mi padre, el rey Príamo, lloró ante mi vencedor y le besó las manos para que le entregase mi cuerpo sin vida. En aquel momento, Zeus envidió el corazón de los mortales”.

No hay gratuidad en cada uno de estos 38 epitafios. Aguirre Romero ha encontrado la combinación exacta, donde los hechos literarios o históricos conocidos, se mezclan con el sentido con que el autor los proyecta hasta nuestro presente. Conocimiento e imaginación se anudan y dan origen a cada una de estas voces. Se dirigen a nosotros y nos increpan, como cuando Pedro Fernández de Fuentencalada, cofundador de la Orden de Santiago y primer maestre de la misma, en el cierre de su epitafio, nos dice: “Afortunados quienes, en tiempos difíciles, eligen proteger a los más débiles”.