• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: David Shields

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Por ejemplo: Precisar que la Ilíada no es una novela, pero sí una historia. Que incluso en la Biblia hay datos, elementos “reales”. Que el aforismo es una forma de provocación. Que el microrrelato no es un formato reciente. Que la ficción actúa en todo: en el periodismo, la memoria, los recuerdos, en los documentos que testifican la realidad (la realidad sería una ilusión, como una droga). Que, a fin de cuentas, la Historia puede entenderse como biografía.

Hambre de realidad. Un manifiesto (Círculo de Tiza, España, 2015) se inscribe en los vínculos entre creación y realidad. No se limita a revisar las ideas que predominan sobre los géneros, sino que fija una posición: declara su filiación por los bordes, las formas fronterizas, los transgéneros, el collage, los modos híbridos, el montaje, las prácticas de apropiación. Ni la literatura ni el arte existen para resolver las contradicciones (“Algo puede ser verdadero y falso a un mismo tiempo”).

De hecho, que el libro se haya estructurado en 618 notas de varia extensión, por sí mismo proclama su compenetración con lo fragmentario. Dice Shields en la nota 314: “El collage es una demostración de cómo lo múltiple se convierte en uno, sin que lo uno se resuelva nunca del todo, pues lo múltiple sigue haciendo presión sobre él”.

Reconocer que la ficción –los procesos mentales que incorporan a la imaginación como el mediador fundamental en nuestros sistemas perceptivos–, nos coloca ante esta cuestión: si la realidad en nuestro pensamiento es memoria (puesto que al pensarla, la realidad ya ha ocurrido), y la memoria opera como distorsión, puesto que sus imágenes no son reproducciones exactas de lo que hemos experimentado, toda forma de memoria es ficcional: algo en ella no coincide con lo ocurrido, nos engaña, modifica lo que guardamos de los hechos. Shields: “Los escritores de no ficción imaginan. Los de ficción inventan”. Todo esto nos devuelve a la cuestión fundamental de la persona: todo nuestro pensamiento no sería sino autobiográfico.

Esa vindicación de la subjetividad nos remite a otra cuestión: la facultad de lo que Shields llama el ensayo lírico, que “no explica, es más sugestivo que exhaustivo, estriba en lo no dicho, quizás solo menciona. A veces procede por asociaciones, o pasa de un pensamiento a otro mediante imágenes, connotaciones, yuxtaposiciones o lógica poética”.

Si aceptamos que la objetividad es un mito venido a menos, el ensayo lírico, abierto al recurso de la intuición, permeable a las emociones, atravesado por su disposición a producir y a incorporar metáforas, bien podría ser un mejor instrumento para pensar las complejidades de nuestro tiempo. La pura racionalidad quizás ha perdido la potencia ordenadora que tuvo hasta mediados del siglo XX.