• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

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Libros: David Le Breton

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Basta mirar alrededor para constatarlo: vivimos bajo una poderosa presión. Esa fuerza interroga nuestra vigilia y nuestros insomnios. Las preguntas que formula provienen del contexto o de nosotros mismos. Hablo de las reiterativas interrogantes sobre sociabilidad, productividad, solidaridad, el sentido que atribuimos a la experiencia de vivir. Este mundo sin tregua ocupa a pensadores contemporáneos. Byung-Chul Han habla de la “sociedad del cansancio”, resultado de las premisas de superproducción, superrendimiento o supercomunicación. Mark Hunyadi describe la tiranía de los modos de vida. Marcel Gauchet desgrana las consecuencias de nuestro creciente desencanto del mundo. Remo Bodei, en su texto sobre la ambición humana de proyectar, recuerda el reverso de frustración que late en toda aspiración, en todo proyecto.

La carga de vivir, las exigencias involucradas en nuestro desempeño, no existen sin compañía: conviven con un irreducible deseo de liberación. Reclamamos una pausa. Necesitamos vacaciones, alejarnos de las rutinas y las miradas inquisitorias de los demás. Descargar el peso que llevamos encima: en la nuca, en los hombros. Alejarnos de la competencia, de la obligación de ser eficientes, de la velocidad con que debemos responder, de las urgencias que predominan en nuestra vida cotidiana. Replegarnos, tomar distancia, desconectarnos (el móvil nos convierte en sujetos bajo sempiterno control). Relajarnos, salir del territorio de la saturación, separarnos de lo que nos demanda: desaparecer, de algún modo. Así llegamos a las páginas de Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea, del pensador francés David Le Breton (1953).

Muy pronto, Le Breton habla de blancura, como el conjunto de prácticas que permiten a las personas reducir la presión. “La blancura responde al sentimiento de saturación, de hartura, que experimenta el individuo. Búsqueda de una relación amortiguada con los otros, resistencia al imperativo de construirse una identidad en el contexto del individualismo democrático de nuestras sociedades. Entre el vínculo social y la nada, dibuja un territorio intermedio, una manera de hacerse el muerto por un momento. A veces la depresión, el síndrome de desgaste profesional o burnout, el colapso del vínculo de sentido con los otros y con su propia vida, destruyen todo narcisismo y conducen a que el individuo fracase en el intento de aferrarse a su propio cuerpo, soltando amarras con dolor”.

Variaciones

El “desaparecer de sí” tiene lugar de muchas maneras. A recorrerlas, describirlas y analizarlas, se dedica este libro de Le Breton. Unas, ocurren como alejamiento, como rompimiento parcial o definitivo de los vínculos sociales. Personas que se encierran, que se entregan a ciertos programas de soledad, que desertan de la corriente general, como si los hechos de la sociedad les resultaran indiferentes. Otras toman distancia, se alejan, se mudan de ciudad o de país, cambian de vida, se empeñan en dejar atrás la cotidianidad para empezar de nuevo. A veces, este giro, llega al extremo de borrar la propia personalidad, de suprimir el deseo de ser persona (despojarse de atributos). Es lo que pasa con algunos personajes de Paul Auster; con la búsqueda de invisibilidad de Emily Dickinson; o la persecución de la insignificancia de Robert Walser (Le Breton cita estas palabras: “Pero de algo estoy seguro: el día de mañana seré un encantador cero a la izquierda, redondo como una bola”).

Una lista de lugares o situaciones que describen ese desaparecer puede resultar esclarecedora: monasterios y conventos; sanatorios y hospitales psiquiátricos (“el hospital es un sitio para dimitir de sí mismo”); cabañas incrustadas en las montañas o dispersas en la lejanía de los campos. Neutralizar la afectividad que es propia de la indiferencia; el cultivo de una educada impasibilidad ante el curso de los acontecimientos, pero sin que ello suponga disentir o asumir una actitud de rebeldía; abandonar los esfuerzos, como el protagonista de Un hombre que duerme, la novela de George Perec: “Con el paso de las horas, de los días, las semanas, las estaciones, te desprendes de todo, te alejas de todo. Descubres, a veces casi con una especie de embriaguez, que eres libre, que nada te pesa, ni te gusta ni te disgusta”.

Casos con los que Le Breton abulta su investigación: la de Fernando Pessoa, diluido en sus numerosos heterónimos. El de Lawrence de Arabia que, tocado en su honor, se despojó de su identidad inglesa. O las que el autor llama las “maneras discretas de desaparecer”, como en el sueño, en la fatiga buscada, en el llamado burnout, expresión extrema de agotamiento. Si el duelo constituye el abandono temporal del mundo, la depresión es un signo de los tiempos que corren (Le Breton cita a Pierre Fédida, que se refiere a la depresión como a una ‘apenas-noción’). Otras posibilidades: las personalidades múltiples, la concentrada obcecación en un proyecto o especialización, la anorexia, los excesos que conducen al coma clínico, las desapariciones temporales o definitiva, las crisis de identidad que irrumpen durante la adolescencia, el vagabundeo, las adicciones a las drogas o al alcohol, el abandono del cuidado básico de sí, la adhesión a sectas o integrismos de diverso carácter, el alzhéimer y más, dan cuenta de la amplia comprensión que ‘desaparecer’ tiene en la concepción de Le Breton.

En su recorrido, Le Breton, autor de un popular libro titulado Elogio del caminar, también se detiene en las posibilidades que el espacio virtual ofrece a la tentación de desaparecer: el ejercicio del anonimato, el intercambio con desconocidos, la creación de otras identidades y personalidades, las expresiones efímeras, los videojuegos, las asociaciones coyunturales, son inherentes a la técnica implícita en lo virtual, que facilita la disociación rápida con la realidad.

Ediciones Siruela, España, 2016