• Caracas (Venezuela)

Nelson Rivera

Al instante

Libros: Claudio Magris

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Avanzan desde una cierta penumbra hacia espacios iluminados. Como si uno comenzara a escuchar a un hombre en mitad de una conversación, y necesitara un rato para entender de qué habla. Intento explicarme: cuando los relatos arrancan, uno está un poco a tientas. El lector, me parece, no puede reconocer de inmediato en qué territorio se mueve. Leer los textos reunidos en El conde y otros relatos (Editorial Sexto Piso, México, 2014) es acompañar a Claudio Magris (1939) por caminos en los que ejerce el placer (la técnica narrativa) de develar paulatinamente.

Las cuatro historias tienen aspectos en común: el más evidente, que todas están protagonizadas por hombres. Tres de las historias, además, están narradas por una voz masculina: Magris, especialmente en “El conde” y “Las voces”, se muestra como un maestro en la exigencia de particularizarlas: cada una tiene su lengua, titubeos y salvoconductos, sus modos de estirarse y replegarse, sus frases tópicas y sus particulares formas de lucidez. Son hombres solitarios, enfrentados a las leyes de la vida. Seres que advierten su propio declive y recapitulan. Seres que se interrogan sobre su propia vigencia.

El narrador de “El conde” ha dejado atrás nada menos que la causa de una vida propia; el protagonista de “La portería” recuerda el tiempo en que viajaba de Hansdorf a Trieste sin cruzar frontera alguna, porque el Imperio austro-húngaro no se había derrumbado; la voz que cuenta en “Las voces” lamenta que las voces humanas que contestan en las grabaciones telefónicas –femeninas– sean remplazadas por voces robóticas; el hombre que habla en “Ya haber sido” invoca una pérdida cara en el pensamiento y en la obra de Claudio Magris: “Esta es, señoras y señores, esta es la herencia que hemos recibido de la Mitteleuropa. Una caja fuerte, vacía pero con una cerradura que desalienta a los ladrones deseosos de meter dentro quién sabe qué cosa”.

“El conde” es un cuento imponente. El narrador trabaja para el hombre que conocen como El conde. Viven de rescatar cadáveres que bajan desde el río hasta el mar. Suicidas, náufragos, desaparecidos, gente a la que le han quitado la vida. Son un par de maestros en el oficio de examinar el fondo del agua con una larga pértiga: “Poco a poco nos fuimos volviendo inseparables, él yo y los ahogados; y la barca sobre el mar-río, que no sabe nada de nosotros, ni siquiera que existimos. El almirante, él; yo, la tripulación, marinero y arponero y maestre de raciones y buzo, nadie y muchos, bien pude ahogarme una vez, y hasta dos, y todavía habría quedado suficiente de mí, perdí muchas en el río, mi padre perdió una, la suya, pero yo no he tenido una mía y ni siquiera sé qué he perdido o no”.